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Muerto el viernes. Seguramente lo habrían incinerado la víspera, y habrían esparcido sus cenizas en el jardín del tanatorio. Por eso Cafferty había ido allí, a honrar la memoria de quien le había servido para salir de la cárcel. Rab padecía un cáncer terminal. Ahora lo entendía. Cuando estaba a punto de extinguir la condena había sabido la cruel noticia y se la había confiado a Cafferty, quien, fingiéndose enfermo para salir a que le hicieran un reconocimiento, se las había agenciado luego para cambiar los expedientes médicos mediante un soborno. Rab salió atiborrado de analgésicos, su fecha de libertad coincidía casi con la de Cafferty, quien sin duda habría corrido con los gastos de un funeral decente, haciendo llegar un abultado sobre lleno de billetes a la familia del difunto.
Rebus dudaba de que Cafferty volviera a aquella capilla un año más tarde. Tendría cosas más importantes que hacer ya reinstalado en sus negocios. ¿Y Rab? Bueno, ya lo había dicho Cafferty: «Es hora de mirar al futuro y no al pasado». La Navidad estaba al caer y en 1999 el Parlamento escocés volvería a la ciudad. Para la primavera ya estaría derruida la antigua cervecería y comenzaría la construcción de las cajas de cristal destinadas a albergar a los diputados. Paredes de vidrio: el lema era la transparencia, la responsabilidad. Muy bien, hasta entonces se habían reunido en un salón parroquial en el Mound, pero aun así...
Aun así, ¿qué?
—Total, para morirse —musitó dando media vuelta y abandonando la capilla.
Llamó por el móvil al depósito de cadáveres y preguntó a Dougie quién había hecho la autopsia de Rab Hill. Dougie le informó de que habían sido Curt y Stevenson. Él le dio las gracias y marcó el número de Curt. Pensó en el cadáver de Rab convertido en cenizas. «Sin cadáver no hay crimen.» Pero habría un informe de la autopsia y el dictamen de cáncer sería prueba suficiente para obligar a Cafferty a repetir el reconocimiento médico.
—Murió de sobredosis —dijo Curt—. En la cárcel se drogaba ya y abusó demasiado al verse en libertad.
—Pero, ¿qué más descubrió en la autopsia? —Rebus sujetaba el teléfono con tal fuerza que le dolía la muñeca.
—La familia no quiso que se practicara, John.
Rebus no salía de su sorpresa.
—Siendo un hombre joven y tratándose de una muerte sospechosa...
—Fue por motivos religiosos... Una iglesia de la que yo no había oído hablar, su abogado lo puso por escrito.
«Sí, cómo no», pensó Rebus.
—Entonces, ¿no se le hizo autopsia?
—Exploramos lo que pudimos y los análisis fueron elocuentes...
Rebus cortó la comunicación y cerró los ojos. Sintió en las pestañas los copos de nieve, pero aguantó un rato para sacudírselos parpadeando.
Sin cadáver no había pruebas. Tembló de pronto recordando lo que había dicho Cafferty: «Sí, me dijeron que estuvo preguntando por él». Preguntando por Rab Hill. Cafferty lo supo... Supo que Rebus lo sabía todo. Es muy fácil administrar una sobredosis a un enfermo. Muy fácil para una persona como Cafferty que tiene tanto que perder.