Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

El médico comenzó a presionar mientras Siobhan contaba.

—Uno, dos, tres, cuatro... Uno, dos, tres.

Le tapó la nariz para insuflarle aire en la boca a la par que el médico repetía la presión manual casi caído sobre la cama del esfuerzo.

—¡Va a romperle las costillas!

Isla Ure sollozaba llevándose los nudillos a boca, mientras Siobhan seguía con la suya pegada a la del moribundo tratando de insuflarle vida.

—¡Vamos, Archie, vamos! —bramó el médico como si fuera capaz de ahuyentar a la muerte a gritos.

Rebus sabía muy a su pesar que si se desea la muerte ésta llega fácilmente y que por mucho que se haga, embota tu pensamiento para que la llames, porque barrunta la desesperación, el cansancio y la resignación. Casi podía presentirla en aquella habitación. Archie Ure había llamado a la muerte y la asumía con aquel ansiado estertor final porque era la única victoria posible.

Rebus no se lo reprochaba.

—¡Vamos, vamos!

—... tres, cuatro... Uno, dos...

El abogado se puso en pie, pálido, una patilla de las gafas había quedado aplastada en el suelo. Isla Ure, con la cabeza reclinada junto a la sien de su marido, balbucía palabras ininteligibles.

Por encima del barullo y la confusión del momento, en los oídos de Rebus resonaba el eco de las carcajadas del moribundo. Aquella cruda explosión final de Archie Ure. Miró de soslayo la cama y captó un movimiento en la ventana. Desde la pértiga del comedero un petirrojo saltó a la peana y volvió la cabeza hacia la escena del interior. Era el primero que Rebus veía aquel invierno. Le habían dicho que no eran aves migratorias, pero entonces, ¿por qué sólo los veía en los meses de frío?

Una pregunta más para la lista.

Habían transcurrido unos tres minutos. El médico estaba agotado y auscultó al moribundo en la garganta antes de aplicar su oído al pecho. Los electrodos colgaban de la cama y el electrocardiógrafo ya no emitía sonidos. Sólo se veían las iniciales led del diodo luminoso antes de emitir el mensaje de: error reiniciar.

El médico se bajó de la cama y Cameron Whyte recogió la taza con las gafas torcidas. El médico se apartó el pelo de la frente; el sudor le bañaba las pestañas y le chorreaba por la nariz. Siobhan Clarke tenía los labios secos y blancos como si le hubieran robado a través de ellos parte de vida. Isla Ure seguía tumbada sollozando sobre la cara de su marido. El petirrojo había alzado el vuelo al ver que no había nada que hacer.

John Rebus se inclinó y recogió el micrófono del suelo.

—El interrogatorio concluye a las... —miró el reloj— once treinta y ocho.

Todos se volvieron a mirarle y al desconectar la grabadora fue como si hubiera desenchufado el aparato de respiración artificial de Archie Ure.

39

Despacho del ayudante del jefe de policía en Fettes. Colin Carswell escuchó el barullo y los ruidos de los últimos cinco minutos de grabación.

«Tenía que haber estado allí», sintió ganas de decir Rebus, porque él sí podía discernir el momento en que Ure se había incorporado en la cama haciéndole seña de que se acercase..., el momento en que le brotaron espumarajos por la comisura de los labios contraídos..., el ruido cuando el médico se subió a la cama..., aquel ruido seco de electricidad estática era el micrófono cayendo al suelo. A partir de ahí todo se oía amortiguado. Rebus redujo los bajos y aumentó los agudos y el volumen. Pero a pesar de ello no se oían más que sonidos irreconocibles.