Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

Carswell tenía los informes de Rebus y de Siobhan Clarke en la mesa. Se humedeció el pulgar para pasar las hojas. Entre los dos habían redactado un atestado segundo a segundo del fallecimiento de Archie Ure, en correspondencia con el registro horario de la cinta. La segunda copia de la cinta la entregaron, naturalmente, a Cameron Whyte y el abogado les informó de que la viuda estaba considerando querellarse contra la policía y por tal motivo estaban allí reunidos; además de Rebus y Siobhan, también se encontraba presente Watson.

Se oyeron más interferencias, correspondientes al momento en que Rebus recogía el micrófono. «El interrogatorio concluye... a las once treinta y ocho.»

Rebus paró la grabación. Era la segunda vez que Carswell la escuchaba. Sólo había formulado un par de preguntas en la primera audición, pero ahora se recostó en el asiento con las manos juntas sobre la boca. Watson, por puro reflejo, fue a imitarle pero se dio cuenta y optó por meterlas entre las piernas. Luego, al pensar que era una postura poco conveniente para el ataque, las puso rápidamente sobre las rodillas.

—Importante político local muerto durante un interrogatorio policial —dijo Carswell a guisa de comentario como leyendo un titular, a pesar de que el asunto, de momento, no había trascendido a la prensa.

Al abogado le había parecido una medida prudente, razonando ante la viuda que aquello suscitaría interrogantes en la opinión pública. ¿Por qué la policía había interrogado a una persona que acababa de sufrir un ataque cardíaco? Ya tenía ella bastante con la muerte de su marido.

La viuda lo aceptó aunque le conminó al mismo tiempo a «demandar por daños y perjuicios a esos hijos de puta».

Una frase que heló la sangre en las venas a los capitostes de la Central. Por lo cual, del mismo modo que Cameron Whyte y sus colaboradores estarían sin duda en aquel momento escudriñando la grabación para preparar la querella, los abogados de la policía de Lothian y Borders aguardaban en una habitación próxima al despacho de Carswell las pruebas pertinentes.

—Señor Watson, ha sido un error fatal —dijo Carswell— enviar a una persona como Rebus en una circunstancia como ésta. No le oculto que desde el principio tenía mis dudas, y los hechos me dan la razón —añadió mirando a Rebus—. Ojalá pudiera congratularme —hizo una pausa—. Un error fatal —repitió.

Error fatal. Rebus pensó en el electrocardiógrafo apagado: error reiniciar.

—Con todo respeto, señor —dijo Watson—, cómo podíamos imaginar...

—Enviar a una persona como Rebus a interrogar a un enfermo es como aplicarle la eutanasia.

Rebus apretó las mandíbulas pero fue Siobhan quien replicó.

—Señor, la actuación del inspector Rebus ha sido inestimable a lo largo de este caso.

—¿Cómo es, entonces, que uno de nuestros mejores policías ha acabado con la cara destrozada? ¿Cómo es que un concejal laborista de honorable ejercicio está ahora en un frigorífico del depósito? ¿Cómo es que no disponemos de una sola prueba? Y seguro que no vamos a tener ninguna —espetó Carswell señalando la grabadora—. Ure era la única que habríamos podido obtener.