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—A veces sí —admitió Ure.
—Por lo tanto, ¿no necesitan esas personas tener buenas relaciones con quienes adoptan las decisiones?
—Estamos muy controlados —replicó Ure—. Ya sé que usted seguramente piensa que todos somos corruptos, pero aunque alguien estuviera dispuesto a aceptar un soborno, es muy improbable que no se descubra.
—¿Lo que significa que puede quedar encubierto?
—Sería una locura intentarlo.
—Hay muchos locos dispuestos si la cosa vale la pena —comentó Rebus volviendo a mirar sus notas—. En 1980 se mudó usted a esta casa, ¿no es cierto, señor Ure?
Fue el abogado quien tomó la palabra.
—Oiga, inspector, no sé qué insinúa...
—En agosto del ochenta —le interrumpió Ure—. Cobramos una herencia de la madre de mi esposa.
—¿Vendieron la casa de la difunta para pagar ésta? —inquirió Rebus, que estaba al quite.
—Eso es —respondió Ure con reticencia.
—Pero lo que tenía su suegra era una casita de dos dormitorios en Dumfriesshire, señor Ure. Difícilmente comparable a Queensferry Road.
Ure guardó silencio un instante. Rebus sabía lo que pensaba: si habían investigado tanto en el pasado, qué no sabrían...
—¡Es usted perverso! —exclamó la señora Ure—. ¡Archie acaba de sufrir un ataque al corazón y usted va a matarlo!
—No te apures, cariño —dijo Archie Ure estirando el brazo hacia ella.
—Inspector, insisto, en que es inadmisible este modo de interrogar —dijo el abogado.
Rebus se volvió hacia Siobhan.
—¿Queda un poco de té?
Siobhan le sirvió una taza, impasible ante las voces excitadas y la intervención del médico, que se levantó a la vista de la inquietud del enfermo. Rebus volvió al ataque.
—Perdonen —comentó—, no he escuchado qué decían.
A lo que yo me refería es a que si a nivel municipal se gana dinero con los proyectos, ¿cuánto más poder no detentará quien ocupe el cargo supremo en el Ministerio escocés de Urbanismo?
Se recostó en el asiento, dio un sorbo al té y aguardó.
—Perdone, no le sigo —dijo el abogado.
—Bueno, en realidad, la pregunta era para el señor Ure —respondió Rebus mirando al enfermo, quien carraspeó antes de contestar.
—Ya le he dicho que en el ayuntamiento hay toda clase de comprobaciones y controles. A nivel nacional multiplíquelas por diez.
—Eso no responde a mi pregunta —replicó Rebus afable rebulléndose en el asiento—. Usted era segundo en la lista de la candidatura de Roddy Grieve, ¿verdad?
—¿Y bien?
—Muerto el señor Grieve, usted habría debido ocupar ese primer lugar.
—De no haberse entrometido ella —espetó la señora Ure.
Rebus la miró.
—¿Debo entender que se refiere a Seona Grieve? —preguntó.
—Ya está bien, Isla —terció el marido—. Pregunte lo que sea.
Rebus se encogió de hombros.
—Al fallecer el candidato, habría debido ser usted nombrado por derecho adquirido. No es de extrañar la impresión que le causó que Seona Grieve entrara en escena.
—¿Impresión? Casi se muere y ahora usted viene a remover...
—¡He dicho que te calles, mujer! —exclamó Ure volviéndose de costado apoyado en el codo para interpelar mejor a su esposa.