Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

—Ya que me lo pregunta, le diré que no duró mucho.

Rebus abrió la carpeta fingiendo comprobar un dato.

—¿Conoció usted a Barry Hutton por aquella época, señor Ure?

—No.

—Tengo entendido que comenzaba por entonces a meter los pies en el agua.

—Quizá, pero yo no estaba en esa playa —replicó Ure con una especie de risa asmática.

Su esposa estiró el brazo por delante del abogado para tocarle la mano y el enfermo le dio una palmadita. Cameron Whyte se vio como cercado y dejó de escribir en el bloc hasta que, para su alivio, la señora Ure retiró el brazo.

—¿Ni siquiera vendiendo helados? —replicó Rebus al tiempo que marido y mujer le miraban furiosos.

—Inspector, evite las trivialidades —dijo el abogado arrastrando las palabras.

—Lo siento —dijo Rebus—. Sólo que usted no vendía helados, ¿verdad, señor Ure? Lo que vendía era información gracias a la cual usted se hacía con una pasta, como suele decirse —a su espalda notó que Siobhan contenía la risa.

—Eso es una imputación muy grave, inspector —dijo Cameron Whyte.

Ure miró a su abogado.

—Cam, ¿tengo que negarlo o simplemente dejo que lo demuestre?

—No sé si podré demostrarlo —comentó Rebus candoroso—. Claro que sí que nos consta que alguien del Consejo informó a Bryce Callan dónde iba a construirse el Parlamento y probablemente sobre los terrenos en venta de la zona. Sabemos que alguien allanó el camino para una serie de proyectos presentados por Freddy Hastings —añadió clavando la mirada en Ure—. Tenemos una declaración firmada del socio del señor Hastings en aquella época, Alasdair Grieve —volvió a mirar en la carpeta para leer una frase—: «Nos dijo que no habría problemas para aprobarlo. Callan tenía bajo mano a alguien en Urbanismo».

Cameron Whyte alzó la vista.

—Inspector, perdone pero no sé si oigo mal o es que no he oído mencionar el nombre de mi cliente.

—El oído lo tiene perfectamente. Alasdair Grieve no llegó a saber quién era el topo. En aquella época la Comisión de Urbanismo la formaban seis personas y pudo ser cualquiera de ellas.

—Aparte de que —añadió el abogado— es de suponer que otros miembros del ayuntamiento tuvieran acceso a tal información.

—Puede ser.

—En realidad, desde el alcalde hasta las mecanógrafas...

—No sabría decirle.

—Pues tendría que saberlo, inspector, porque hacer semejantes alegaciones tan a la ligera podría causarle graves problemas.

—No creo que el señor Ure vaya a presentar una querella por difamación —replicó Rebus sin dejar de mirar al electrocardiógrafo.

No era tan fidedigno como un detector de mentiras pero vio que el ritmo cardíaco de Ure se había acelerado en los dos últimos minutos. Fingió consultar de nuevo sus notas.

—Una pregunta genérica —prosiguió volviendo a mirar a Ure—. Las decisiones de aprobar ciertos proyectos representan millones de libras para ciertas personas, ¿no es cierto? No me refiero a los concejales ni a quien adopte la decisión... sino a los constructores y promotores o a los dueños de terrenos próximos al sitio en que se edifica.