Contents ( 3)
—Dougie —dijo Rebus para que advirtiera su presencia.
Dougie le miró a través de sus gafas de montura metálica fina.
—Buenos días, John —dijo con ojillos alegres. Siempre estaba bromeando con que trabajaba en el centro muerto de Edimburgo.
Rebus arrugó la nariz para hacerle ver lo mal que olía.
—Sí —dijo el hombre—, es por una anciana en muy mal estado; debió de fallecer hace una semana —añadió señalando con la cabeza la sala de descomposición en que guardaban los cadáveres más nauseabundos.
—Bueno, el cadáver que yo vengo a ver es mucho más antiguo.
Dougie asintió con la cabeza.
—Pues llegas tarde porque ya se ha ido.
—¿Qué se ha ido? —dijo Rebus consultando el reloj.
—Lo trasladaron dos de mis hombres al Western General hará una hora.
—Pensaba que hasta las once no empezaba la autopsia.
—Sí —replicó Dougie encogiéndose de hombros–pero tu colega fue realmente persuasivo, porque ya es difícil conseguir que los dos mosqueteros se salgan de su rutina.
Los dos mosqueteros era el apelativo que daba Dougie al profesor Gates y al doctor Curt. Rebus frunció el entrecejo.
—¿Un colega mío?
—El inspector Linford —contestó Dougie leyendo el nombre anotado en su lista.
Cuando Rebus llegó al hospital, Gates y Curt realizaban la autopsia al alimón. El profesor Gates decía que él era de huesos grandes, y, desde luego, inclinado sobre aquellos magros restos humanos parecía la antítesis de su colega Curt, que era alto y delgado. Tenía diez años menos que él, y por su insistente carraspeo, daba a los observadores la impresión de que comentaba críticamente el trabajo del profesor, cuando en realidad era consecuencia de que fumaba treinta cigarrillos al día. Los momentos que Curt se veía obligado a pasar en la sala de necropsias eran un tiempo precioso que le apartaban de su vicio. Rebus, que hasta ese momento había estado pensando en otras cosas, sintió de improviso una necesidad imperativa de fumar un cigarrillo.
—Buenos días, John —dijo Gates levantando la vista de los restos.
Debajo del largo delantal de caucho lucía camisa blanca impecable y una corbata de rayas amarillas y rojas. Las corbatas del profesor contrastaban notablemente con el color gris de las instalaciones.
—¿Ha venido haciendo ejercicio? —preguntó Curt.
Rebus se percató de que lo decía por su respiración agitada y se pasó la mano por la frente.
—No, simplemente...
—Si no lo deja —comentó Gates mirando a Curt— dentro de poco lo veremos en la plancha de mármol.
—Tendría gracia hacer la disección de un tracto digestivo lleno de panecillos y remolacha —añadió Curt.
—Y en un hombre de piel tan dura habría que usar hacha en vez de escalpelo.
Se echaron los dos a reír. No era la primera vez que Rebus maldecía el protocolo de corroboración que exigía la práctica de la autopsia por dos patólogos.
El cadáver, prácticamente piel y huesos, aunque parcialmente desollado, estaba sobre una especie de camilla–bandeja de acero inoxidable al objeto de recoger la sangre, pero aquel cadáver estaba reseco, sin ningún fluido vital, y sólo tenía polvo y telarañas. El cráneo reposaba sobre una plancha de madera inclinada que en otro contexto habría parecido una tabla para un surtido de quesos.