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—¿Qué cuadros?
—Los retratos que su madre, la señora Grieve, le ha estado haciendo desde que se fue.
Alasdair Grieve dudaba de ir a ver a su familia.
—En estas circunstancias puede ser desastroso —alegó.
Rebus asintió con la cabeza. Estaban en un cuarto de interrogatorios en Saint Leonard y les acompañaba Siobhan Clarke.
—Sí, claro, me imagino que no le apetecerá que anuncien su visita con trompeta desde las almenas del castillo.
—Pues no —dijo Grieve.
—Por cierto, ¿qué nombre utiliza actualmente?
—Tengo pasaporte a nombre de Anthony Keillor.
Rebus anotó el nombre.
—No le preguntaré dónde consiguió ese pasaporte.
—Ni yo se lo diría.
—Fue usted incapaz de romper todos los vínculos con el pasado, ¿verdad? Keillor es una abreviatura de Rankeillor.
—¿Conoce a mi familia? —preguntó Grieve mirándole.
Rebus se encogió de hombros.
—¿Cuándo se enteró de la muerte de Roddy?
—Unos días después de que lo asesinaran. En ese momento pensé en volver, pero no le vi sentido. Luego, vi el anuncio del entierro.
—No sabía que al Caribe llegaran periódicos escoceses.
—Está Internet, inspector. El Scotsman sale en la red.
Rebus asintió con la cabeza.
—¿Y se decidió entonces?
—Siempre le tuve mucho afecto a Roddy... y pensé que era lo menos que podía hacer.
—¿A pesar del riesgo?
—Hace veinte años de todo aquello, inspector, quién va a pensar que después de tanto tiempo...
—Menos mal que era yo quien le esperaba en el cementerio y no Barry Hutton.
Aquel nombre evocaba muchos recuerdos a juzgar por la expresión de Alasdair Grieve.
—¿Todavía sigue por ahí ese cabrón? —dijo al fin.
—Es el promotor inmobiliario más importante de Edimburgo.
—Dios —musitó Grieve ceñudo.
—Bien —añadió Rebus inclinándose y apoyando los codos en la mesa—, creo que ha llegado el momento de que nos diga de quién es el cadáver descubierto en la chimenea.
—¿El qué? —replicó Grieve mirándole de nuevo.
Cuando Rebus se lo explicó Grieve asintió con la cabeza.
—Debió de esconderlo Hutton, que trabajaba en Queensberry House para vigilar a Dean Coghill por cuenta de su tío.
—¿Bryce Callan?
—Exacto. Callan estaba enseñando el oficio a Barry y por lo visto lo hizo bien.
—¿Usted estaba conchabado con Callan?
—Yo no diría tanto —replicó Grieve casi levantándose del asiento pero sin llegar a hacerlo—. ¿Tienen inconveniente en que me levante? Sufro un poco de claustrofobia.
Comenzó a pasear de arriba abajo en el limitado espacio. Siobhan, que se había quedado de pie junto a la puerta, le dirigió una sonrisa de simpatía. Rebus le tendió una foto del rostro del muerto de la chimenea compuesto por ordenador.
—¿Qué saben ustedes al respecto? —preguntó Grieve.
—Bastante. Callan estuvo comprando terrenos alrededor de Calton Hill, probablemente con miras al nuevo Parlamento, pero no quería que los proyectistas supieran que era él y para ello se sirvió de ustedes como pantalla.
Grieve asintió con la cabeza.
—Bryce tenía un contacto en el ayuntamiento —dijo—, alguien de urbanismo —Rebus y Siobhan cruzaron una mirada— que le había prometido contratos en el lugar de construcción del futuro Parlamento.