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Un razonamiento que había calado en los más profundos temores de los de las altas esferas, aunque, según se decía, Carswell sí que había votado por la suspensión de empleo.
Otro favor que tenía que agradecer a Templer.
Al levantar la cabeza vio a un hombre con trinchera color crema que se dirigía a la tumba con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha. Iba deprisa y decidido. Rebus echó a andar sin perderle de vista. Era alto, de cabello abundante algo descuidado, y tenía cierto aire juvenil. Ya estaba parado en la tumba cuando él se aproximó. Los sepultureros daban los últimos toques para la ulterior colocación de la lápida. Rebus sintió esa especie de vértigo de los jugadores cuando tienen una buena racha. Estaba ya a tres pasos del hombre... Se detuvo y carraspeó. El desconocido se volvió ligeramente, enderezó la espalda y comenzó a alejarse con Rebus a la zaga.
—Me gustaría que me acompañara —dijo cortésmente mientras los sepultureros observaban la escena, pero el hombre prosiguió su camino en silencio.
Rebus repitió la invitación, añadiendo esta vez:
—Hay otra tumba que debería ver.
El desconocido aminoró el paso sin detenerse.
—Para su tranquilidad, sepa que soy policía, por si eso le tranquiliza. Puedo enseñarle mi identificación.
El hombre se detuvo a dos metros escasos de la puerta y Rebus se plantó ante él para verle la cara. Tenía la piel fláccida pero bronceada y sus ojos denotaban experiencia y humor y, sobre todo, miedo. Su barbilla era partida, con una incipiente barba grisácea. Rebus advirtió que acusaba el cansancio propio del viaje y su desconfianza ante alguien que le interpelaba en una tierra extraña.
—Soy el inspector Rebus —dijo sacando el documento identificativo.
—¿A qué tumba se refiere? —preguntó el hombre casi en un susurro sin ningún acento escocés.
—A la de Freddy —contestó Rebus.
Freddy Hastings estaba enterrado en un lugar anodino de un cementerio de las afueras al otro extremo de la ciudad. Se detuvieron ante un montículo de tierra blanda parcialmente cubierta de hierba y sin lápida.
—No acudió mucha gente a su entierro —comentó Rebus—. Un par de colegas míos, viejos amores y un par de alcohólicos.
—No lo entiendo. ¿De qué murió?
—Se suicidó. Leyó una noticia en el periódico y decidió, Dios sabe por qué, que no valía la pena seguir ocultándose.
—Por el dinero...
—Gastó un poco al principio, pero después... algo hizo que lo pusiera a buen recaudo sin tocarlo. Quizá esperando que apareciera usted. O tal vez a causa del remordimiento.
El hombre no dijo nada. Unas lágrimas empañaron sus ojos; sacó el pañuelo para enjugárselas y se lo guardó con mano temblorosa.
—Hace fresquito aquí tan al norte, ¿verdad? —dijo Rebus—. ¿Dónde ha estado viviendo?
—En el Caribe. Tengo un bar allí.
—Eso queda muy lejos de Edimburgo.
—¿Cómo ha dado conmigo? —replicó el hombre volviéndose hacia él.
—Quien ha dado conmigo ha sido usted. De todos modos, los cuadros me sirvieron de ayuda.