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Rebus se fue alejando hasta llegar a la parte trasera de la iglesia sin perder de vista el cementerio y oculto por los árboles y las tumbas. Eran lápidas desgastadas y pulidas y pensó que en esos tiempos era un privilegio ser enterrado en un recinto como aquél. Enfrente había un auténtico cementerio moderno mucho mayor. Leyó algunos apellidos, Warriston, Lockhart, Milroy, y constató la incidencia de mortalidad infantil. Era terrible perder un hijo o una hija y Alicia Grieve era el segundo que perdía.
Transcurrió una hora. La humedad calaba las suelas de sus zapatos y se le estaban quedando los pies helados. No dejaba de caer aguanieve y el cielo era un caparazón grisáceo que amortiguaba los ruidos terrestres. No fumaba para no llamar la atención y hasta controlaba la respiración imprimiéndole un ritmo lento y regular para que el vaho de su boca no desvelara su presencia. No era más que un individuo que asumía su condición de mortal, recordando otros entierros, de familiares, de amigos. No cesaban de acosarle fantasmas, y en aquellos días le acosaban con reticencia, con recelo ante su posible reacción; se le acercaban por sorpresa cuando estaba sentado a oscuras en el cuarto de estar escuchando música; se le acercaban en las largas noches en que estaba solo, formando un grupo de espíritus que gesticulaban y se movían sin hablar. También Roddy Grieve se uniría a ellos algún día. Aunque tal vez no, pues no era conocido suyo y poco tendría en común con su espíritu.
Había pasado todo el domingo tras la pista de Rab Hill. En el hotel le dijeron que el señor Hill se había marchado el día anterior, pero presionando un poco logró enterarse de que hacía ya dos días que no le habían visto y de que el señor Cafferty había comentado que su amigo había tenido que irse de viaje. Se había hecho cargo de la cuenta de la habitación, pero él seguía alojado en la suya y no había dicho cuándo se iba. Cafferty era a quien menos deseaba Rebus preguntar sobre Hill. Le habían enseñado la habitación de éste y le dijeron que allí no había dejado nada. La bolsa de lona con que había llegado el señor Hill no estaba y nadie le había visto salir con ella.
La siguiente gestión de Rebus fue hablar con la funcionaria judicial encargada de la libertad condicional de Hill. Tardó un par de horas en localizar su número particular y a la mujer no le hizo la menor gracia que la llamara en domingo.
—Podría haber esperado a mañana.
Rebus no estaba tan seguro. Finalmente, la mujer le dio la información que quería: Robert Hill se había presentado dos veces y hasta el jueves no tenía que comparecer de nuevo.
—No creo que acuda —dijo Rebus antes de colgar.
Pasó la tarde del domingo sentado en el coche fuera del hotel, pero ni rastro de Cafferty o de Hill. El lunes y el martes volvió a Saint Leonard mientras debatían su futuro personas de tan alta jerarquía que para él no eran más que simples nombres. Finalmente siguió al frente de la investigación dado que Linford no tenía pruebas palpables de su acusación, pero él estaba casi convencido de que la resolución era más bien consecuencia de alguna intervención a favor suyo. Al parecer Gill Templer había argumentado que lo que menos necesitaba el Cuerpo era más publicidad negativa y que apartar a un inspector conocido de un caso importante habría atraído la atención de los buitres de los medios de información.