Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

—¿A cuento de qué?

—Me pregunto si habrá todavía caníbales.

—No lo dirás en sentido literal...

—No, me refiero a asar a alguien, masticarlo y comérselo para desayunar. Dicen que el hombre es un lobo para el hombre y qué razón hay en ello. Nos devoramos unos a otros.

—Es la comunión en el cuerpo de Cristo —añadió Siobhan.

Rebus sonrió.

—Es algo que siempre me ha intrigado y nunca fui capaz de entender, que una oblea se convierta en carne.

—Y al convertirse el vino en sangre..., al beberlo nos convertimos en vampiros.

Rebus sonrió aún más, pero su mirada daba a entender que pensaba en otra cosa.

—Fíjate lo que son las coincidencias —dijo ella, y pasó a relatarle los acontecimientos de la noche que cruzó por la estación de Waverley, lo del Sierra negro más el caso del violador que elegía víctimas en los clubes de solteros. Rebus asintió con la cabeza.

—Y yo añado otra coincidencia más: la matrícula del Sierra está apuntada en el bloc de Linford.

—¿Cómo es posible?

—Porque Nicholas Hughes trabajaba en la empresa de Barry Hutton —Siobhan fue a preguntar algo pero él se le adelantó—. De momento, estamos en la fase de las coincidencias.

Siobhan se recostó en el asiento y permaneció pensativa un instante.

—¿Sabes lo que nos haría falta? —dijo al fin—. Me refiero al caso Grieve. Una confirmación, testigos. Alguien que nos informe.

—Entonces, mejor será que saquemos el tablero de ouija.

—¿Sigues creyendo que Alasdair ha muerto? —hizo una pausa hasta que vio que Rebus se encogía de hombros—. Yo no. Si estuviera dos metros bajo tierra lo sabríamos. ¿Qué sucede? —exclamó al ver que a Rebus se le iluminaba el rostro.

—Eso es, con quien tenemos que hablar es con Alasdair, ¿a que sí? —dijo él mirándola.

—Exacto —contestó ella.

—Pues habrá que invitarle.

—¿Cómo, invitarle? —preguntó Siobhan sin acabar de entenderlo.

Rebus apuró el whisky y se levantó.

—Conduce tú, porque, dada mi suerte últimamente, acabaríamos estrellados contra una farola.

—Invitarle, ¿de qué manera? —insistió ella pugnando por meter los brazos en las mangas del abrigo.

Pero Rebus ya se dirigía a la puerta. Le siguió y al pasar junto al que leía el periódico éste alzó su vaso y le deseó buena suerte.

El tono daba a entender que iba a necesitarla.

—Entonces, ¿tú le conoces? —le reprochó ella salían del Oxford.

37

El entierro de Roderick David Rankeillor Grieve tuvo lugar en una tarde de aguanieve pertinaz. Rebus acudió a la iglesia y se quedó en las últimas filas con el libro de himnos abierto sin la menor intención de cantar. Pese a que se había anunciado con poca antelación el templo estaba a rebosar. Acudieron familiares de toda Escocia y figuras del mundo de la política, de los medios informativos y de la banca. Fueron también representantes de las altas esferas laboristas de Londres, que se toqueteaban los gemelos y dirigían miradas furtivas a sus buscas enmudecidos y al público para detectar alguna cara conocida.