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—No es ningún pecado —replicó ella encogiéndose de hombros.
—¿Cómo quieres que con nuestra profesión conozcamos gente?
—¿Por eso te apuntaste al club de solteros? —preguntó ella mirándole.
—Supongo —respondió él enrojeciendo.
—No te preocupes, no voy a contárselo a nadie.
—Gracias —contestó él con un esbozo de sonrisa.
—De todos modos, tienes razón —prosiguió ella—. ¿Cuándo vamos nosotros a conocer gente? Aparte, claro, de los demás polis.
—Y de los malhechores.
Por el modo de decirlo Siobhan sospechó que no debía de haber conocido a muchos «malhechores», pero asintió con la cabeza.
—Debe de estar abierta la cafetería —dijo él—. Si quieres...
—Tomaré un té y un bollo —dijo ella cogiéndole del brazo—. Una perfecta tarde de domingo.
Pero en la mesa de al lado había un matrimonio con niño hiperactivo y un bebé en cochecito que berreaba. Linford se volvió con el entrecejo fruncido hacia él como si la criatura fuese a portarse bien a la vista de su autoridad.
—¿Qué es lo que te hace tanta gracia? —preguntó él volviéndose hacia Siobhan.
—Nada —dijo ella.
—Algo será —insistió él comenzando a atacar el café a cucharadas.
Ella bajó la voz para que no les oyeran.
—Sólo me preguntaba si ibas a detenerlo.
—Pues no sería mala idea —replicó él con cara de decirlo en serio.
Pasaron un par de minutos en silencio, después Linford se arrancó a hablar de Fettes, hasta que ella aprovechó una pausa para preguntarle:
—Y fuera del trabajo ¿qué haces?
—Bueno, siempre tengo mucho que leer; libros de texto y revistas. No estoy ocioso.
—Fascinante.
—Es que la mayoría de la gente... —no concluyó la frase y la miró—. Lo decías en plan irónico, ¿no?
Ella asintió con la cabeza sonriendo; él carraspeó y volvió a entretenerse con la cuchara.
—Cambiemos de tema —dijo al fin—. ¿Cómo es John Rebus? Tú eres compañera suya en Saint Leonard, ¿verdad?
Iba a contestarle que aquello no era exactamente cambiar de tema, pero hizo un gesto afirmativo.
—¿Por qué lo preguntas?
Él se encogió de hombros.
—Porque no parece que se tome en serio lo del comité.
—Es posible que prefiera hacer otras cosas.
—Por lo que he visto de él, estar sentado en un bar fumando, seguramente. Tiene problemas con la bebida, ¿verdad?
—No —respondió ella con cara de palo mirándole a los ojos.
—Perdona —dijo él negando con la cabeza—, no debería haberte preguntado eso. Tú trabajas en su misma división y es lógico que le defiendas.
Ella contuvo una réplica mientras él dejaba ruidosamente la cucharita en el platillo.
—Soy idiota —dijo al tiempo que el bebé berreaba de nuevo—. Es que en este lugar... no puedo pensar como es debido —añadió mirándola—. ¿Nos vamos?
5
El lunes por la mañana Rebus fue al depósito de cadáveres. Cuando hacían una autopsia él solía entrar por la puerta lateral y se dirigía directamente a la sala de observadores; sin embargo el sistema de refrigeración de las instalaciones estaba hecho polvo y ahora hacían las autopsias en un hospital y el depósito servía de simple almacén de cadáveres; pero no había visto ninguna furgoneta Bedford gris en el aparcamiento. A diferencia de otras ciudades, en Edimburgo era el depósito municipal el que hacía el servicio de recogida de los muertos y después intervenían las funerarias. Entró por la puerta de personal y al ver que no había nadie en el «cuarto de naipes», así llamado por ser el lugar en que jugaban a las cartas los empleados en sus ratos libres, se dirigió a la sala de frigoríficos. Dougie, el encargado, estaba con su bata blanca y una carpeta sujetapapeles en mano.