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No lo había pedido con leche pero sí que tenía porque vio unos espumarajos blancos flotantes. Dio un sorbo y comprobó que aunque estaba caliente no sabía a café.
—Bueno, usted dirá —dijo Big Po.
Rebus le puso al corriente y Po escuchó sin descuidar su plato, que terminó con una operación de rebañado de los últimos restos de grasa a los que añadió un generoso chorro de salsa agridulce especiada con trozos de tostada. Se repanchingó a continuación lo mejor que pudo en aquellas estrecheces, sorbió ruidosamente el té y trató de moderar su bramido de oso transformándolo en algo que los simples mortales reconocerían como hablar en voz baja.
—Para cuestiones sobre Bellman's hable con Gordie, que era cliente hasta que le prohibieron entrar —dijo.
—¿Le prohibieron la entrada en Bellman's? ¿Qué hizo, disparar una ráfaga de ametralladora o pedir un gin–tonic?
Big Po lanzó un bufido.
—Creo que se lo hacía con la mujer de Huton.
—¿El dueño?
Po asintió con la cabeza.
—Un cabronazo.
Una apreciación grave viniendo de Po.
—Gordie, ¿de nombre o de apellido?
—Es Gordie Burns y va a beber al Weir O'.
Se refería al Weir O'Hermiston en la carretera de la costa, en dirección Portobello.
—¿Cómo sabré quién es? —preguntó Rebus.
Po metió la mano en su cazadora de nilón azul y sacó un móvil.
—Voy a llamarle para asegurarme de que está allí.
Mientras marcaba, Rebus miró por los cristales cubiertos de vapor. Cuando Po terminó de hablar le dio las gracias y se levantó.
—¿No se toma el café?
Rebus negó con la cabeza.
—Pero invito yo —dijo acercándose a la barra y dando cinco libras, de las que tres y media cubrieron la fritanga más barata y alta en colesterol de Leith.
Antes de salir, al pasar junto a la mesa de Big Po, le dio una palmadita en el hombro metiéndole veinte libras en el bolsillo de la cazadora.
—Dios le bendiga, caballero —vociferó Big Po.
No podría asegurarlo, pero le pareció que cuando cerraba la puerta el grandullón estaba pidiendo un segundo desayuno.
El Weir O' era una especie de pub civilizado con aparcamiento delante y un letrero en el que se anunciaba escrito con tiza una serie de «especialidades de la casa». Nada más acercarse a la barra a pedir un whisky, vio que alguien apuraba su copa y cuando llegó la consumición de Rebus el hombre dijo que se iba y comentó al que tenía a su lado que no tardaría en volver. Rebus aguardó un par de minutos tomándose el whisky y salió del pub. En la esquina, cerca de unas naves vacías y unos montones de escoria, les esperaba el hombre.
—¿Gordie? —preguntó Rebus.
El hombre hizo una inclinación de cabeza. Era alto y desgarbado, de unos treinta y tantos años y tenía una cara triste y una incipiente calva con el poco pelo mal cortado. Rebus le tendió veinte libras y el tal Gordie las cogió con reparo como haciendo gala de cierta dignidad.