Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

—Pues no —mintió Rebus.

—Pero tuvo que largarse al venirse abajo el imperio de Telford.

—La mano de Big Cafferty —añadió Rebus asintiendo con la cabeza.

—Sí, es sabido que a Big Ger no le gustaba la banda de Tommy Telford, ni nadie relacionado con él —añadió mirando intencionadamente a Lorimer.

Rebus se había situado delante de la mesa y se inclinó hacia ella apoyando las manos en el respaldo de la silla vacía.

—Big Ger está libre —dijo—. ¿Lo sabías, Mick?

Lorimer ni parpadeó.

—Suelto y en Edimburgo —añadió Rebus—. Si quieres puedo ponerte en contacto con él...

—Seis horas —replicó Lorimer—. No se moleste.

Rebus miró a Hogan. De momento bastaba.

Interrumpieron el interrogatorio para salir a fumar un cigarrillo.

—Pongamos que Lorimer mató a Roddy Grieve —comentó Rebus pensativo—. Móvil aparte, pensamos que detrás del crimen está Barry Hutton —Hogan hizo un gesto afirmativo—. Se plantean dos interrogantes: primero ¿tenía que matarlo? ¿No será que Lorimer se excedió porque es un tipo que una vez que empieza se ensaña? Segundo —prosiguió Rebus—, ¿tenía que quedar allí el cadáver de Grieve? ¿Por qué no intentaron esconderlo?

Hogan se encogió de hombros.

—También es el estilo de Lorimer, duro como una piedra pero bastante burro.

Rebus le miró.

—Pongamos, pues, que si jodió el asunto que le encomendaron, ¿por qué no le han castigado? Hogan sonrió.

—¿Castigar a Mick Lorimer? Hace falta un ejército o sorprenderle con la guardia baja.

Rebus recordó algo. Volvió a llamar al hotel y le dijeron que no sabían nada de Rab Hill. Quizá fuese mejor cara a cara. Necesitaba a Hill de su parte porque era la prueba y por eso Cafferty lo tenía siempre a su lado.

Si podía encontrar a Rab Hill podría volver a encerrar a Cafferty. Eso era casi lo que más deseaba en el mundo.

—Sería como un buen regalo de Navidad —dijo en voz alta.

Hogan le preguntó a qué se refería pero él se limitó a mover la cabeza.

El señor Cowan, que les había dado la descripción del hombre que él vio aquella noche en Holyrood Road, se tomó con tiempo el reconocimiento de la rueda de sospechosos, pero al final se inclinó por Lorimer. A éste lo metieron en el calabozo y a los demás, casi todos ellos estudiantes, les dieron té con galletas antes de efectuar un segundo turno de identificación.

—Cuando me hacen falta tiarrones recurro al equipo de rugby —dijo Hogan—. La mitad de ellos son estudiantes de medicina y de derecho.

Pero Rebus no escuchaba. Estaban fumando un cigarrillo en la calle delante de la comisaría cuando llegó una ambulancia. Abrieron la puerta trasera, bajaron la rampa y apareció Derek Linford en silla de ruedas, con la cara tumefacta, la cabeza vendada y un collarín quirúrgico. Cuando laboriosamente llegó a su altura Rebus advirtió los alambres que envolvían su mandíbula. Sus pupilas estaban obnubiladas por los sedantes pero al ver a Rebus se le iluminaron y entornó los ojos. Rebus movió despacio la cabeza en un gesto de negación y de simpatía, pero Linford apartó la vista con dignidad cuando dieron la vuelta a su silla de ruedas para subirle mejor por la escalinata.