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Se dio perfecta cuenta al salir de que los de la barra estaban ya comentando algo sobre él. Habrían detectado que era un poli, le preguntarían al camarero qué quería y éste se lo diría. De momento no importaba, pues se habría corrido la voz de que habían agredido a uno de los suyos y sabían que en tales casos la policía se movía rápido. Es lo menos que podía esperarse en Leith.
En la calle cogió de nuevo el móvil, llamó al hotel y pidió que le pusieran con la habitación de Robert Hill.
—No contesta, señor.
Rebus cortó la comunicación.
En el tercer pub había un sustituto en la barra y ninguna cara conocida, por lo que no se tomó la molestia de pedir nada. Luego, entró en otros dos bares con mesas de fórmica marcadas de quemaduras de cigarrillo y una neblina avinagrada de salsa agridulce con especias y grasa de patatas fritas. Después, fue a un tercero, donde iban los estibadores a reponer la carga de colesterol, más parecido a una consulta médica que a un comedor.
En una mesa, comiendo huevos aceitosos con tenedor, había alguien a quien él conocía.
Se llamaba Big Po y había sido portero de pubs y discotecas del barrio, pero también había servido una buena temporada en la marina mercante. Tenía las manos llenas de cortes y cicatrices y un rostro curtido en lo poco que dejaba ver su poblada barba negra. Era un tipo enorme, y viéndolo apretujado en aquella mesa, desentonaba como un adulto en un pupitre de primaria. A Rebus se le antojaba que el mundo estaba hecho a una escala en discrepancia con las necesidades de Big Po.
—¡Santo Dios, cuánto tiempo! —bramó al ver acercarse a Rebus esparciendo con la exclamación gotas de saliva y partículas de huevo.
Algunos volvieron la cabeza para mirar lo justo por temor a que Big Po les imputara alguna intromisión en sus asuntos. Rebus tendió la mano, resignado a aguantar un apretón semejante a la acción de una trituradora, para hacer a continuación flexiones con los dedos, comprobando si estaban ilesos y sentarse frente al grandullón.
—¿Qué toma? —preguntó Po.
—Un café.
—Aquí eso es una blasfemia. Estamos en la santa iglesia del cocinero San Eck —comentó Po señalando con la cabeza un viejo gordo que se enjugaba las manos en el delantal, dándole la razón con un movimiento de la cabeza—. La mejor freiduría de Edimburgo. ¿No es cierto, Eck? —vociferó Po.
Eck volvió a asentir con la cabeza y siguió con su faena. Parecía nervioso de tener allí a Big Po, y no era de extrañar.
Se acercó una camarera de mediana edad desde la barra y Rebus pidió un café mientras Big Po rebañaba con el tenedor los restos de yema.
—Sería más fácil con cuchara —dijo Rebus.
—Me gusta lo difícil.
—Bien, podría ser que tuviera otro para ti —dijo Rebus aguardando a que llegara el café, que le llevaron en una taza de Pyrex transparente con platillo a juego, un objeto que volvía a ponerse de moda en algunos locales, pero él tuvo la impresión de que aquella era reserva de la casa.