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—Te llevo ventaja, colega —dijo Hogan.
—¿Cuánta?
—Ya estoy frente a Bellman's esperando a que abran.
—No pierdas el tiempo. Mira a ver si puedes localizar a algún confidente tuyo —dijo Rebus abriendo su bloc y leyéndole la descripción del sospechoso de Holyrood Road mientras conducía.
—Así que un matón que frecuenta pubs poco recomendables... —musitó Hogan recapitulando—. ¿Dónde demonios encuentro yo algo semejante en el Leith de ahora?
Rebus conocía unos cuantos locales. Era la hora de abrir: las once de la mañana, una mañana encapotada, de nubosidad tan baja que ocultaba el Arthur's Seat de cuya masa rocosa se advertía algún fragmento esporádico. Igual que aquel caso, pensó Rebus, del que se vislumbraban trozos de vez en cuando sin poder desentrañar la estructura principal oculta.
Se veía poca gente por la calle en Leith porque el mal tiempo invitaba a quedarse en casa. Dejó atrás tiendas de alfombras, salones de tatuajes, casas de empeño, lavanderías y oficinas de la seguridad social, éstas cerradas durante el fin de semana pero el resto de ella con más clientela que las otras. Aparcó en un callejón y cerró bien el Saab. Doce minutos después de la hora de apertura entró en el primer pub de la lista; estaban sirviendo café y pidió una taza, como la que tomaba el camarero. Había dos parroquianos viejos mirando la televisión y fumando a destajo: lo único que tenían que hacer y lo afrontaban con la seriedad de un ritual. Al de la barra no pudo sacarle ni siquiera un segundo café gratis. Se largó de allí.
Mientras caminaba sonó el móvil. Era Bill Nairn.
—¿Trabajando el fin de semana, Bill? —preguntó Rebus—. ¿Pagan bien las horas extra?
—La cárcel no cierra, John. Hice lo que me pediste y miré el expediente de Rab Hill.
—¿Y qué? —preguntó Rebus deteniéndose, mientras a su lado pasaba gente que iba a la compra, eran viejos en su mayoría, de paso cansino y sin coche para ir al supermercado ni apenas energía para tomar el autobús.
—No gran cosa. Salió en libertad en la fecha prevista y manifestó que se trasladaba a Edimburgo, donde se ha presentado al funcionario que vigila su libertad condicional...
—¿Qué enfermedades tenía, Bill?
—Ah, sí, como se quejaba de constantes molestias de estómago se le hicieron unos análisis. Todos negativos.
—¿En el mismo hospital que a Cafferty?
—Sí, pero realmente no veo...
—¿Qué señas ha dado en Edimburgo?
Nairn le dio la dirección de un hotel en Princess Street.
—Estupendo —dijo Rebus y pasó a preguntar los datos del funcionario judicial—. Gracias, Bill. Nos vemos.
El segundo bar estaba lleno de humo y la alfombra pringosa de los restos de la noche. Había tres hombres, con las mangas de la camisa remangadas exhibiendo sus tatuajes; tomaban chupitos y le miraron al entrar sin que su persona les pareciera digna de ningún comentario. Más tarde, en estado etílico más intenso, sería harina de otro costal. Rebus conocía al que atendía la barra, se sentó en la mesa de un rincón con media pinta de Eighty a fumar un cigarrillo. Cuando el camarero se acercó a vaciar el cenicero con una única colilla tuvo tiempo de hacerle un par de preguntas a las que el hombre contestó con nerviosos movimientos de cabeza. Negativo: o no sabía nada o no quería hablar. Bien, Rebus sabía cuándo podía apretar un poco más, pero éste no era el caso.