Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

Fue a sentarse en el sofá mientras veía el cuerpo de Nic estremecerse un par de veces y luego quedar inmóvil. Se pasó las manos por el pelo y se miró el tajo. Era profundo y de unos siete centímetros. Tendría que ir al hospital a que le dieran puntos. Se arrodilló para hurgar en los bolsillos de Nic y encontró las llaves del Cosworth. Nic nunca le había dejado conducirlo; ni siquiera se lo había ofrecido una sola vez.

Había dos alternativas: esperar allí sentado a que llegase la poli o ir él a contarles su versión. Había sido en defensa propia. Quizá los vecinos dijeran lo que habían oído. En cuanto a la poli..., la poli sabía que Nic era el violador. Pero también sabían que siempre iban dos.

Lo lógico es que fuera él: colega de Nic desde hacía mucho, el fracasado, el que le había matado. Habría testigos que lo identificarían por haberlo visto en las discotecas. A lo mejor en la furgoneta había huellas.

Pues no era una elección difícil. Cogió las llaves y salió del piso dejando la puerta abierta. Al menos que no la rompiese la pasma.

Se preguntó si Nic habría pensado en ese detalle.

35

Rebus recordó sus tiempos en los pubs más sórdidos de Leith. A él no le iban aquellas tabernas bonitas y renovadas del puerto ni los relucientes mesones Victorianos de Great Junction Street y Bernard Street. Pero para encontrar tugurios sin nombre con serrín y escupitajos en el suelo había que perderse por callejuelas que pocos sabuesos de la Brigada escocesa de la localidad recorrerían jamás. Llevaba una lista con cuatro de la que ya había tachado los dos primeros, y cuando llegó al tercero vio el BMW de Linford aparcado a ochenta metros bajo una farola estropeada. Había sido lo bastante listo para aparcar en un lugar poco iluminado. Pero daba la casualidad de que casi todas las farolas estaban estropeadas.

Arrimó el Saab al BMW y encendió y apagó los faros sin que nadie respondiera. Salió del coche y encendió un cigarrillo. Parecía un simple ciudadano encendiendo un pitillo, pero su vista trabajaba. No pasaba nadie por la calle y había luz en las ventanas altas del bar Bellman's como se llamaba hacía años, aunque ahora no tenía letrero. Seguramente a la clientela poco le importaba.

Caminó hasta rebasar el BMW mirando dentro. En el asiento del copiloto había algo: era el móvil. Linford no andaría lejos. Orinando quizá, aunque había dicho que no lo necesitaba. Sonrió y movió la cabeza, y en ese momento advirtió que las puertas no estaban cerradas. Probó la del conductor y al encenderse la luz interior vio el bloc de Linford. Lo cogió y cuando comenzaba a leer se apagó la luz. Se acomodó en el asiento, cerró la puerta y volvió a encenderla. La minuciosidad de las notas era extraordinaria, pero eso no sirve de nada si te ven. Se bajó y echó un vistazo a algunos coches aparcados; eran viejos y corrientes, de los que pasan la ITV gracias al soborno de un cordial mecánico. No, un coche así no podía ser de Barry Hutton. Pero el caso era que Hutton había llegado allí en coche. ¿Se habría marchado? ¿O había burlado a Linford?