Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

Nic estaba sudoroso, sus ojos eran más oscuros y fríos que nunca y hablaba con voz cortante.

—No debí contártelo —dijo con rabia.

Jerry se levantó y entró en el cuarto de estar arrimándose a la pared.

—Contarme, ¿qué?

—Que Barry quería echarme.

—¿Qué?

No entendía nada, pero seguía pensando que a lo mejor era por culpa suya, pero no podía entenderlo si no se concentraba.

—No sólo me delatas a la pasma...

—Guau, despacito...

—No, despacito, tú, Jerry. Y cuando haya acabado contigo...

—¿Pero qué he hecho yo?

—Me has delatado y les has dicho dónde trabajo.

—¡Que no!

—¡Y han ido a contárselo a Barry! ¡Esta tarde había un poli en el aparcamiento! ¡Se pasó allí horas sentado en su coche en mi sitio! ¿Por qué motivo?

—Vete a saber —respondió Jerry temblando.

—No, Jer —dijo Nic—, por una sola razón, y eres tan idiota que piensas que no voy a llevarte por delante.

—Por Dios, tío...

Nic sacó un objeto del bolsillo: un cuchillo. ¡Un maldito y enorme cuchillo! Jerry advirtió, además, que llevaba guantes.

—Te lo juro por Dios, tío.

—Calla.

—¿Por qué iba a hacer eso, Nic? ¡Piensa un momento!

—Se acabó la cuenta atrás. Ya veo cómo tiemblas —añadió Nic riendo—. Sabía que eras un cobarde, pero no tanto...

—Escucha, tío, Jayne se ha marchado y...

—Ahora Jayne es para ti lo de menos —se oyeron golpes en el techo—. ¡Silencio! —exclamó Nic alzando la vista.

Jerry vio una posibilidad y entró corriendo en la cocina. El fregadero estaba lleno de platos. Metió la mano en él y sacó un montón de cucharas y tenedores. Nic se le venía encima y le tiró los cubiertos gritando:

—¡Llamen a la policía! ¡Los de arriba, que venga la poli!

Nic le dio un tajo en la mano derecha y la sangre le chorreó hasta la muñeca mezclándose con el agua de fregar. Lanzó un grito de dolor y dio una patada en la rodilla a Nic, quien volvió a embestirle, pero Jerry consiguió salir al cuarto de estar, donde tropezó y cayó encima de la caja de los singles, que se esparcieron por el suelo. Nic llegó corriendo y su pie hizo añicos uno de los discos.

—Cabrón —exclamó— no volverás a decir una palabra de mí.

—¡Nic, tío, estás loco!

—No bastaba que Cat me dejara... Tenías que regodearte, ¿no? Bueno, amigo, pues el violador eres tú. Yo soy el que conduce la furgoneta. Eso es lo que les diré —dijo con una sonrisa aviesa—. Nos peleamos y te maté en defensa propia. Eso les diré. ¿No te das cuenta? Aquí el cerebro soy yo, Jerry gilipollas. Tengo un empleo, un buen piso, coche... Y a mí me creerán —añadió esgrimiendo el cuchillo, pero Jerry le arremetió y Nic lanzó una especie de resuello quedándose un instante boquiabierto y paralizado antes de mirarse el pecho, de donde sobresalían las tijeras.

—¿Qué decías de cerebro, tío? —dijo Jerry levantándose al tiempo que Nic se desplomaba de bruces.