Contents ( 3)
—He venido a decirle que a quien tiene que vigilar es a su sobrino.
Rebus asimiló aquello.
—¿Por qué? —dijo al fin.
Cafferty se limitó a encogerse de hombros.
—¿Es una recomendación de Callan?
—Indirectamente.
Rebus resopló.
—No lo entiendo. ¿Por qué iba Callan a mezclar en esto a Barry Hutton? —Cafferty se encogió de hombros otra vez—. Qué gracia... —prosiguió Rebus.
—¿El qué?
—Esto ya es Musselburgh —dijo Rebus mirando por la ventanilla—. ¿Sabes cómo lo llamaban?
—No me acuerdo.
—La ciudad honrada.
—¿Y cuál es la gracia?
—Que me hayas traído aquí para largarme una sarta de mentiras. Lo que sucede es que quieres quemar a Hutton. Me pregunto por qué... —añadió mirándole.
La furia que reflejó de pronto el rostro de Cafferty parecía alimentada por un calor propio, interior.
—¿Sabe que está loco? Es capaz de olvidar cualquier crimen que surja en su camino con tal de darme a mí el palo. Esa es la verdad, ¿a que sí, Hombre de paja? Los demás le tienen sin cuidado; sólo quiere a Morris Gerald Cafferty.
—No te des tanto bombo.
—Estoy tratando de hacerle un favor para que se apunte un triunfo y de paso evitar tal vez que Bryce Callan le mate.
—¿Desde cuándo te has convertido en pacificador de la ONU?
—Escuche... —añadió Cafferty con un suspiro, ya menos acalorado—. De acuerdo, quizá a mí me afecte en cierto modo.
—¿El qué?
—Todo lo que ha de saber es que a John Rebus le afecta más —dijo Cafferty, que había puesto el intermitente para detener el coche junto a la acera en la calle principal.
Rebus vio un indicador.
—¿Lucas's? En verano había que hacer cola para entrar —pero era una tarde de invierno y el café tenía las luces encendidas.
—Aquí tenían antes los mejores helados del lugar —dijo Cafferty quitándose el cinturón de seguridad—. Voy a ver si los siguen teniendo.
Entró en el café, compró dos cucuruchos de vainilla y los llevó al coche. Rebus se pellizcó la nariz, moviendo la cabeza con incredulidad.
—Hace un rato Callan quería matarme y ahora nos tomamos un helado.
—Las pequeñas cosas son la sal de la vida, ¿no se ha percatado? —dijo Cafferty, que ya atacaba su helado—. Si hubiera carreras podríamos hacer unas apuestas.
Se refería a otra de las atracciones de Musselburgh: las carreras de caballos.
Rebus probó el helado.
—Dime algo de Hutton; algo que me sirva.
Cafferty reflexionó.
—Viajecitos pagados a miembros del ayuntamiento —dijo—. Todos los que se dedican a esa clase de negocio necesitan amigos —añadió, haciendo una pausa—. La ciudad cambia pero las cosas siguen funcionando igual.
Barry Hutton fue de compras. Aparcó en el Saint James Centre y entró en una tienda de informática, en los almacenes John Lewis, y luego salió a Princess Street hasta Jenners, cerca de allí, donde compró ropa mientras Derek Linford fingía examinar un muestrario de corbatas. Había muchos clientes y Linford sabía que no había visto que lo seguía. Era la primera vez que hacía un seguimiento pero se sabía la teórica. Se compró una corbata naranja claro con rayas verdes y se la puso en lugar de la granate que llevaba.