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—¿Le gusta mi nuevo coche?
—¿Lo has comprado?
—¿Cree que lo he robado? —replicó Cafferty riendo.
Rebus negó con la cabeza.
—No, es que pensaba que era alquilado, dado que vas a morirte.
—Razón de más para darme un capricho mientras esté vivo.
—¿Y Rab? —preguntó Rebus mirando a su alrededor.
—No he creído que me hiciera falta.
—No sé si sentirme halagado u ofendido.
—¿Por qué? —replicó Cafferty ceñudo.
—Porque hayas venido solo sin un gorila.
—Sí, ya dijo lo mismo la otra noche, que era el momento de darme un puñetazo. Bueno, ¿damos una vuelta?
—¿Conduces bien?
Cafferty volvió a reírse.
—Algo de práctica he perdido, pero pensé que era mejor ir los dos solos.
—¿Para qué?
—Para esa charla pendiente sobre Bryce Callan.
Fueron en dirección este cruzando los antiguos suburbios de Craigmillar y Niddrie, presa ya de los bulldozers.
—Siempre he pensado que ésta era la zona ideal —dijo Cafferty—, con vistas al Arthur's Seat y al castillo de Craigmillar. Para los yuppies será paradisíaco.
—Ya no se les llama yuppies, creo.
—Como he estado una temporada fuera... —replicó Cafferty mirándole.
—Claro.
—Veo que ya no existe la antigua comisaría.
—La han trasladado cerca.
—Dios bendito, cuántos centros comerciales nuevos.
Rebus le explicó que aquello se llamaba The Fort y que no tenía nada que ver con la vieja comisaría de Craigmillar, a la que apodaban Fort Apache. Acababan de cruzar Niddrie y siguieron el indicador de Musselburgh.
—Esto cambia a toda velocidad —comentó Cafferty.
—Y yo envejezco a toda velocidad sentado aquí. ¿Vas a empezar o no?
Cafferty le miró.
—Hace rato que he empezado, lo que pasa es que no escucha.
—¿Qué querías decirme de Callan?
—Que me llamó.
—¿Sabía que estabas fuera?
—Al señor Callan, como a muchos expatriados ricos, le gusta estar al tanto de los asuntos escoceses —contestó Cafferty mirándole de nuevo—. Está algo nervioso, ¿no?
—¿Por qué lo dices?
—Por la mano que tiene en el picaporte, como si fuera a tirarse en marcha.
—Me estás tendiendo una trampa —contestó Rebus apartando la mano de la puerta.
—No me diga.
—Me apostaría tres meses de sueldo a que no estás enfermo.
—Demuéstrelo —replicó Cafferty sin apartar la vista de la carretera.
—No te preocupes.
—¿Yo? ¿De qué iba a preocuparme? Tenga en cuenta que el que está nervioso es usted.
Guardaron silencio un rato y Cafferty acarició el volante.
—Bonito coche, ¿eh?
—Comprado honradamente con el sudor de tu frente, sin duda.
—Otros sudan por mí. Es lo que caracteriza a un hombre de negocios que ha tenido éxito.
—Lo cual nos lleva a Bryce Callan. No pudiste hablar con su sobrino y de repente él te llama por las buenas.
—Es que sabe que nosotros nos conocemos.
—¿Y qué?
—Pues que quería enterarse de si yo sabía algo. No se ha ganado en él un amigo, Hombre de paja.
—Mira cómo lloro.
—¿Cree que está implicado en los asesinatos?
—¿Has venido a decirme que no?
Cafferty negó con la cabeza.