Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

El hombre con quien Hutton habló en el aparcamiento de su empresa llevaba una corbata granate: corbata distinta, hombre distinto.

Hutton cruzó la calle y entró en el hotel Balmoral a tomar el té con un hombre y una mujer. Vio que abrían carteras: negocios. A continuación volvió al coche para dirigirse al puente de Waverley; comenzaba la hora punta y el tráfico era más intenso. Hutton aparcó en Market Street y fue a la entrada trasera del hotel Carlton Highland con una bolsa de deportes. Deducción lógica: gimnasio. Linford sabía que el hotel tenía uno donde él estuvo a punto de inscribirse, pero le había disuadido el precio. En su momento le había animado la idea de conocer a la plana mayor de la ciudad, pero era muy caro.

Se dispuso a esperar. En la guantera tenía una botella de agua, aunque no podía beber, no fuera a ser que Hutton saliera y él estuviera orinando. Y menos comer. Su estómago protestaba. No había tomado más que un café... Buscó en la guantera y encontró una barrita de chicle.

«Bon appétit», se dijo mientras la desenvolvía.

Hutton pasó una hora en el gimnasio. Linford iba anotando cuidadosamente todos sus movimientos con la hora y los minutos. Salía solo, con el pelo mojado de la ducha y balanceando la bolsa de deporte con esa aura, esa confianza higiénica que procura el ejercicio. Subió al coche y se dirigió a Abbeyhill. Linford comprobó su móvil, vio que no quedaba batería y lo enchufó al encendedor del coche para recargarla. Pensó en llamar a Rebus, pero ¿para decirle qué exactamente? ¿Pedirle su consentimiento? «Estás haciendo lo que debes; adelante.» Eso es lo que haría una persona débil.

El no era débil. Allí estaba la prueba.

Ahora iban por Easter Road y Hutton hablaba por el móvil. Todo el rato había estado hablando sin mirar apenas al retrovisor ni a los espejos laterales. Aunque daba igual porque entre ellos dos había tres coches.

No tardaron en llegar a Leith. El Ferrari tomó por calles secundarias y Linford se rezagó esperando que le adelantara algún coche, pero aquello estaba desierto. Sólo circulaban él y el sospechoso. A derecha e izquierda, las calles se hacían cada vez más estrechas, y las casas a ambos lados daban directamente a la calzada. Cruzaron por delante de unas zonas de juego para niños mientras los faros hacían relucir trocitos de vidrio. Anochecía. Hutton se detuvo de pronto. Linford supuso que debían de estar ya cerca de los muelles. No conocía aquella parte de la ciudad; siempre la había evitado, porque todo eran intrigantes y tugurios, las armas más corrientes, la botella y el cuchillo de cocina, y la mayor parte de las agresiones se perpetraban contra amigos y familiares.

Hutton aparcó frente a un antro, un pub pequeño con ventanas altas y estrechas con cortinas. Tenía una puerta de aspecto resistente y no parecía abierto, pero Hutton sabía que sí lo estaba y empujó la puerta y entró en él. Había dejado la bolsa de deporte en el asiento delantero del Ferrari y las de las compras, en el de atrás.