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—Mueve el culo —dijo a su esposa.
—Me lo has quitado de la boca —replicó ella volviéndose a apagar el aparato, pero Jerry saltó del sofá con una rapidez inaudita, encantado de ver su cara de asombro y cierto temor. La apartó a un lado para pulsar el botón pero ella le agarró del pelo tirando hacia atrás.
—Te pasas el día con ese Nic Hughes —gritó—. ¡A ver si te crees que puedes entrar y salir a tu antojo, cerdo!
El la cogió con fuerza de la muñeca.
—¡Suelta! ¿Crees que voy a seguir aguantándote? —añadió como si no sintiera dolor, pero él apretó más, retorciendo la muñeca y ella tiró aún más del pelo.
Sentía como si le ardiera el cuero cabelludo y echó hacia atrás la cabeza, alcanzándola encima de la nariz. Jayne dio un grito y le soltó al tiempo que él, dando media vuelta, la empujó con fuerza tirándola al sofá. En su caída Jayne dio con el pie en la mesita y la volcó; al suelo fueron a parar el cenicero, las latas de cerveza vacías y el periódico del sábado. En el techo se oyeron unos golpes de los vecinos de arriba que volvían a quejarse. Jerry vio que a ella se le ponía rojo el punto de la frente en el que había recibido el golpe. Dios, le había provocado dolor de cabeza; como si no tuviera bastante con la resaca.
Había hecho sus cálculos por la mañana: ocho cañas y dos chupitos, a juzgar por la poca calderilla que le quedaba. El taxi habían sido seis libras. La cena la pagó Nic; un cordero al curry estupendo. Nic quería ir de clubes pero él le dijo que no tenía ganas.
«¿Y si tengo ganas yo?», le había replicado Nic.
Pero después de la cena no parecía tan decidido, así que estuvieron en dos o tres bares y luego él tomó un taxi mientras Nic regresaba a pie. Era lo bueno de vivir en el centro, porque allí en la chimbamba el transporte era un problema. En los autobuses no se podía confiar y él nunca recordaba el horario, aparte de que a los taxistas había que engañarles diciendo que iba a Gatehill y allí, o te bajabas y cruzabas por las canchas de juego, o les convencías para que siguieran seiscientos metros más hasta Garibaldi Estate, donde en cierta ocasión le habían atracado al cruzar por el campo de fútbol; iban cuatro o cinco y él estaba demasiado borracho para hacerles frente. Desde entonces siempre tenía que discutir con el taxista para que le llevara.
—Eres un hijo de puta —comentó Jayne restregándose la frente.
—Fuiste tú quien empezó. Yo estaba tumbado con un dolor de cabeza tremendo. Podías haber esperado unas horas... —dijo con voz más tranquila—. Iba a fregar, te lo juro. Simplemente necesitaba antes un poco de tranquilidad —añadió abriéndole los brazos.
La verdad era que el forcejeo le había puesto cachondo. Quizá tuviera razón Nic cuando decía que sexo y violencia eran uno y lo mismo.