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Sí que contestaron y esta vez fue Callan directamente.
—¿Tienen supletorio para otro conferenciante? —preguntó.
Watson asintió con la cabeza.
—Sí —dijo Rebus.
Callan les dio un número de Glasgow y el nombre de C. Arthur Milligan. Rebus sabía que le llamaban «el Gran C», un apodo que compartía con el cáncer sin aparente desagrado. Sí, Milligan era un cáncer para la policía y la Fiscalía por su condición de famoso abogado defensor asociado a otro abogado, Richie Cordover, hermano de Hugh. Con el Gran C y Cordover como abogados los imputados estaban en buenas manos. Pero costaba lo suyo.
Watson mostró a Rebus cómo se hacía para conectar el tercer interlocutor. Se oyó la voz de Milligan:
—Diga, inspector Rebus. ¿Me oye?
—Le oigo perfectamente.
—Hola, Gran C —dijo Callan—, yo también te oigo.
—Buenas tardes, Bryce. ¿Qué tiempo hace ahí?
—Vete a saber. Ese gilipollas me tiene retenido en casa —dijo en referencia a Rebus.
—Escuche, señor Callan, le agradecería...
—Tengo entendido —interrumpió Milligan— que quieren grabar esta conversación con mi cliente. ¿Quién más hay presente?
Rebus dio cuenta de la presencia del comisario sin mencionar a nadie más. Milligan y Callan intercambiaron unas frases a propósito de la grabación y finalmente aceptaron. Rebus apretó el botón.
—Ya está —dijo—. Vamos a ver, si...
—Inspector —interrumpió Milligan—, quisiera decir de entrada que mi cliente no tiene obligación alguna de contestar a sus preguntas.
—Le agradecemos su buena disposición —dijo Rebus tratando de mantener un tono normal.
—Sólo lo hace por mor de servicio público, a pesar de que el Reino Unido no es ya su país de residencia.
—Efectivamente, es muy de agradecer.
—¿Se le acusa de algo?
—De nada en absoluto. Se trata de una simple información.
—¿Esta grabación no va a ser presentada ante ningún tribunal?
—Yo diría que no —replicó Rebus midiendo cuidadosamente sus palabras.
—¿Pero no puede asegurarlo?
—Sólo puedo hablar por mí.
Se hizo una pausa.
—¿Bryce? —preguntó Milligan.
—Que pregunte —contestó Bryce Callan.
—Adelante, inspector —dijo Milligan.
Rebus se tomó un tiempo para serenarse. Miró los documentos de la mesa y recogió de la papelera el cigarrillo apagado para encenderlo otra vez.
—¿Qué fuma? —preguntó Callan.
—Embassy.
—Aquí el paquete cuesta dos putas libras. Yo no fumo más que puros. Bueno, adelante.
—Parcelas ad, señor Callan.
—¿Qué quiere saber?
—Tengo entendido que era una empresa de su propiedad.
—Qué va, yo simplemente tenía algunas acciones.
Desde la puerta tres pares de ojos se clavaron en Rebus: «Sabemos que es mentira»; pero él no quería pillar en renuncia tan pronto a Callan.
—Parcelas adcompró terrenos alrededor de Calton Hill amparándose en otra empresa formada por dos socios: Freddy Hastings y Alasdair Grieve. ¿Los conoció?
—¿De qué fecha me habla?
—De finales de los setenta.
—Hostia divina, pues no hace tiempo de eso.
Rebus repitió los dos nombres.
—Inspector, si no tiene inconveniente en decir a mi cliente de qué se trata... —terció Milligan con tono de curiosidad.
—Naturalmente. Se trata de una suma de dinero.