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Watson se encogió de hombros en el momento en que otra persona se ponía al teléfono.
—Diga. ¿Quién llama? —hablaba en tono desabrido, como si le hubieran interrumpido la siesta.
—¿Bryce Callan?
—He preguntado yo primero —era una voz profunda, gutural, sin ninguna merma de su acento escocés.
—Aquí el inspector John Rebus de la policía de Lothian y Borders. Quiero hablar con el señor Bryce Callan.
—Vaya, qué modales tan cojonudos han adquirido ahora.
—Será por la práctica de nuestras relaciones con los clientes.
Callan lanzó una risita que desembocó en tos. Catarro del fumador. Rebus encendió un cigarrillo y, aunque Watson frunció el entrecejo, él no hizo caso. Dos fumadores al teléfono y fumando tenían que congeniar necesariamente.
—Bien, ¿a qué se debe su llamada? —preguntó Callan.
—¿Le importa que grabemos la conversación para tener constancia, señor Callan? —comentó Rebus sin darle importancia.
—Oiga, aunque ustedes me tengan fichado, contra mí no hay nada. No existe ninguna prueba.
—Lo sé, señor Callan.
—Entonces, ¿de qué se trata?
—De una empresa llamada Parcelas ad —dijo Rebus leyendo en la hoja que tenía delante y en la que, por lo investigado, se evidenciaba que aquella firma formaba parte del pequeño imperio de Callan.
Se hizo un silencio.
—Señor Callan, ¿me oye?
Watson se levantó y acercó la papelera a Rebus para que echara la ceniza y luego fue a abrir una ventana.
—Le oigo —respondió Callan—. Llámeme dentro de una hora.
—Le agradecería si fuera posible... —añadió Rebus, pero se dio cuenta de que habían colgado—. Cabrón —dijo colgando a su vez—. Ahora tendrá tiempo de inventarse algo.
—No está obligado a hablar con nosotros —le recordó Watson.
Rebus asintió.
—Ahora que ya ha acabado, podría apagar esa porquería —dijo Watson.
Rebus apagó el cigarrillo en el interior de la papelera.
Le esperaban en el pasillo y sus rostros impacientes se ensombrecieron al ver que negaba con la cabeza.
—Dice que llamemos dentro de una hora —les dijo, consultando el reloj.
—Y ya tendrá una versión preparada —dijo Siobhan Clarke.
—¿Qué queréis que haga yo? —espetó Rebus.
—Lo siento, señor.
—Bah, no es culpa vuestra.
—Él tiene una hora por delante —añadió Wylie—, pero también nosotros disponemos de una hora. Podemos hacer unas cuantas llamadas y seguir buscando en los papeles de Hastings... ¿Quién sabe? —dijo encogiéndose de hombros.
Rebus asintió. Tenía razón; cualquier cosa mejor que esperar. Volvieron al despacho provistos de refrescos y con música de fondo, cortesía de un casete obra y gracia de Grant Hood. Era música instrumental de jazz clásico. Al principio Rebus tuvo sus dudas pero pensó que serviría para paliar el aburrimiento. Por orden expresa de Watson lo pusieron a poco volumen.
—Si cuento que he estado escuchando jazz, nadie volverá a mirarme a la cara —dijo Siobhan Clarke.
Una hora más tarde fueron otra vez al despacho de Watson. Esta vez Rebus dejó la puerta abierta, pensando que era lo menos que se merecían, y a Watson no pareció importarle. Volvió a marcar el número y oyó el timbre sonar y sonar. No contestarían, claro.