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—¿Qué quiere decir?
—Roddy podría parecer un tipo tranquilo, pero también tenía nervio. A él no le habría gustado que su mujer fuese candidata al Parlamento. Ahora la mártir parece ella. ¡El está pasando al olvido, excepto cuando que ella saca a relucir su cadáver en la gran causa de la publicidad!
Estaban solos en el local pero la camarera les dirigió una mirada admonitoria.
—Cálmese —dijo Rebus.
Tenía lágrimas en los ojos y Rebus tuvo la impresión de que las derramaba por ella misma, por Lorna la descarriada, la olvidada.
—Tengo derecho a saber qué han averiguado —dijo mirándole ya sin lágrimas—. Derechos especiales —añadió en voz baja.
—Escuche —dijo él—, lo que sucedió la otra noche...
—No quiero oír nada —replicó ella negando con la cabeza y sobreponiéndose con otro sorbo al bloody mary, que se redujo a hielo.
—Si puedo paliar su sufrimiento lo haré pero no intente chanta...
—No sé por qué he venido —dijo ella levantándose.
Rebus se puso en pie y le cogió las manos.
—¿Qué ha tomado, Lorna?
—Unas pastillas que... me recetó el médico, pero no debí mezclarlas con alcohol —dijo con mirada desvaída.
—Haré que la acompañen en un coche patrulla...
—No, no, cogeré un taxi. No se preocupe —replicó ella forzando una sonrisa—. No se preocupe —repitió.
El recogió las bolsas que ella parecía haber olvidado.
—Lorna —dijo Rebus—, ¿conoce a un tal Gerald Sithing?
—No sé. ¿Quién es?
—Creo que Hugh le conoce. Preside un grupo que se llama los Caballeros de Rosslyn.
—Hugh me tiene al margen de esa faceta de su vida. Sabe que me reiría de él —dijo casi a punto de echarse a reír.
Rebus la sacó del bar.
—¿Por qué lo pregunta? —dijo ella.
—No tiene importancia —contestó Rebus al tiempo que veía a Grant Hood, que le hacía señas desde la otra acera y vio que un poco más allá estaban Siobhan Clarke y Ellen Wylie descargando sus coches.
Hood cruzó esquivando el tráfico.
—¿Qué sucede?
—Ha llegado una copia de la reconstrucción facial —dijo Hood casi sin aliento.
Rebus afirmó pensativo, y miró a Lorna Grieve.
—Quizá usted debería echarle un vistazo —dijo.
Entraron en Saint Leonard y Rebus la hizo pasar a un despacho vacío. Hood fue a por la imagen de ordenador mientras Rebus preparaba te; ella pidió dos terrones y él la observó mientras lo tomaba.
—¿Cuál es el misterio? —preguntó ella.
—Es un rostro que ha reconstruido la universidad de Glasgow a partir de un cráneo —contestó él despacio observando su reacción.
—¿El del muerto de Queensberry House? —aventuró ella sonriendo al ver su cara de sorpresa—. No todas las neuronas se han ido a paseo; pero ¿por qué quiere que lo vea yo? Ah —añadió nerviosa de pronto al imaginárselo—, ¿cree que se trata de Alasdair?
Rebus se percató de su error.
—Bueno, tal vez sería mejor que...
Ella se puso en pie derramando el té en el suelo sin darse cuenta.
—¿Por qué? ¿Qué pinta Alasdair en...? El nos envía postales.