Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

—Bueno, puedo quedarme hasta las seis —dijo.

Enseguida comenzaron a aparecer cajas con archivadores. Reagan llevó una carretilla con el plástico doblado para cargarlos y Siobhan la empujó hasta la oficina. Abrió la puerta y vio que Rebus acababa de dejar libre una de las dos mesas y había puesto en un rincón todo lo que tenía encima.

—Me ha dicho Reagan que usemos ésta —dijo—. Ahí hay un váter químico y un fregadero con hervidor —añadió señalando una puerta—. Habrá que hervir el agua antes de beber.

Siobhan advirtió que al lado de Rebus había una taza en una silla.

—Nos arreglaremos todos con una sola taza —dijo.

Vio un enchufe y puso el móvil a recargar mientras llenaba el hervidor y lo enchufaba. Rebus salió de la caseta para ir metiendo los archivadores.

—Está oscureciendo rápido —comentó ella.

—¿Cómo va la búsqueda? —preguntó Rebus.

—Hay una luz en el garaje y el señor Reagan dice que puede quedarse hasta las seis.

—Pues hasta la seis —dijo él consultando el reloj.

—Una cosa —añadió ella—. Estamos trabajando en el caso Grieve, ¿verdad?

—Podemos poner horas extras, si es eso lo que estás pensando —dijo él mirándola.

—No vendrán mal para las compras de Navidad... Si me queda tiempo para hacerlas.

—¿Navidad?

—Claro, hombre, esos días festivos que tenemos ya encima.

—¿Cómo puedes desconectarte tan fácilmente? —replicó él.

—En mi opinión, ser un buen policía no tiene por qué ser una obsesión.

Rebus volvió a salir a coger más archivadores, a lo lejos veía las figuras de Wylie, Hood y Reagan moviéndose en medio de la niebla y sus tres sombras bailando sobre la superficie desnuda del cemento. Era como una escena intemporal. Durante milenios, el ser humano había trabajado así, moviendo cosas a temperaturas bajo cero y en penumbra. ¿Con qué objeto? Del pasado no quedaba casi nada. Su trabajo precisamente consistía en que los crímenes pasados no quedaran impunes, fueran de la víspera o de veinte años atrás. No porque la justicia o los magistrados lo exigieran, sino en desagravio de todas las víctimas mudas, por las almas errantes. Aunque también por propia satisfacción, porque atrapando al culpable ellos expiaban sus propios pecados, los cometidos y los omitidos. ¿Cómo era posible desconectarse de todo aquello por el hecho banal de intercambiar unos regalos...?

Siobhan salió a ayudarle y rompió el hechizo. Se colocó las manos alrededor de la boca para gritar que estaba haciendo café y ellos respondieron con vítores y aplausos. Ya no era una escena intemporal, sino bien concreta en la que las tres figuras en la niebla asumieron su propia personalidad: Reagan acudió a la carrera, sacudiéndose las manos enguantadas, contento de ser partícipe de algo imprevisto que rompía la monotonía de su jornada solitaria; Hood, dando gritos de júbilo sin dejar de trasladar sillas de un sitio al otro, y Wylie, alzando la mano para decir que le echaran dos terrones de azúcar y que no se olvidasen.

—Qué trabajo más curioso, ¿no? —comentó Siobhan.