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El habitáculo de cemento estaba lleno hasta el techo de escritorios, mesas, sillas, alfombras, cajas de cartón, grabados con marco e incluso un tocadiscos estereofónico.
—Nos llevará días —dijo Hood en tono quejumbroso.
Echarían a faltar, demás, una señora Coghill que les preparara café, así como una cocina acogedora. Aquello, por el contrario, era una especie de descampado donde el viento les irritaba los ojos, y el cielo amenazaba lluvia.
—Bobadas —dijo Rebus—. Lo que hay que buscar son papeles. Se descartan los objetos grandes y las cosas que parezcan de interés las metemos en el maletero. Podemos hacer dos turnos de dos.
—¿Lo que quiere decir...? —replicó Wylie mirándole.
—Lo que quiere decir que dos separan las cosas y otros dos seleccionan los papeles que haya que llevar a Saint Leonard.
—Fettes está más cerca —alegó Wylie.
El asintió. Pero Fettes era el territorio del mierda de Linford.
—Más cerca está eso —dijo Siobhan como leyéndole el pensamiento, señalando con la cabeza la caseta prefabricada que hacía las veces de oficina de Reagan.
Rebus asintió con la cabeza.
—Voy a hablar con él —dijo.
Grand Hood sacó del garaje un televisor portátil y lo puso en el suelo.
—Pregúntele de paso si tiene una lona, porque no va a tardar en llover —dijo mirando al cielo.
Media hora más tarde comenzaron los primeros chaparrones procedentes del Forth, bañándoles el rostro y las manos con gotas heladas en medio de una espesa neblina que les dejó como aislados del mundo.
Reagan encontró un enorme plástico transparente que en cualquier momento podía echar a volar, por lo que sujetaron tres de sus esquinas con ladrillos, dejando una suelta para pasar. Reagan pensó en algo mejor y les indicó, dos puertas más allá, un hueco vacío, y los tres, Hood, Wylie y Siobhan Clarke, se trasladaron allí con todo mientras Reagan doblaba el plástico.
—¿Qué hace el jefe? —preguntó Hood a Reagan.
El hombre, guiñando los ojos bajo la lluvia, miró hacia la oficina cuyas ventanas iluminadas eran como dos faros acogedores de un refugio en aquel oscuro atardecer.
—Me ha dicho que va a organizar el puesto de mando.
Hood y Wylie cruzaron una mirada.
—¿Con té y estufa incluidos? —preguntó Wylie.
Reagan se echó a reír.
—Ha dicho que se harían dos turnos —les recordó Siobhan, pensando en que ojalá encontrasen archivos o algo semejante para poder ella también refugiarse en la caseta.
—Yo cierro a las cinco —dijo Reagan—. Es una tontería seguir aquí cuando se haga de noche.
—¿Tiene usted alguna lámpara? —preguntó Siobhan para decepción de Wylie y Hood, que ya se habían hecho a la idea de largarse a las cinco.
Reagan tampoco parecía muy complacido, pero por distintos motivos.
—Se lo dejaremos bien cerrado antes de irnos —añadió Siobhan—, con la alarma conectada o lo que haga falta.
—Tengo la impresión de que a la compañía de seguros no le haría gracia.
—¿Es que alguna vez les hace gracia?
El hombre rió y se rascó la cabeza.