Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

—¿A la que usted había echado el ojo?

—Más cuanto tenía en el despacho —replicó el abogado mirándole furioso.

Rebus se irguió perceptiblemente.

—¿Dónde está ese almacén? —preguntó.

La respuesta era: en un tramo perdido de carretera, en los alrededores de la zona norte de la ciudad. Edimburgo, al ser una población costera está limitado al norte y al este por el Firth of Forth. En Granton, un área situada en el extremo norte de la ciudad, tanto los promotores inmobiliarios como el ayuntamiento planeaban grandes proyectos.

—Verdaderamente, hay que tener imaginación —comentó Rebus mirando desde el coche.

Se refería a Granton, una zona sin pretensiones, con tramos de costa peñascosa, llena de horrendas construcciones industriales grises y azotada por el paro. Allí no había más que fábricas con ventanas rotas, enlucidos chapuceros y camiones llenos de hollín. Gentes como sir Terence Conran habían echado un vistazo al lugar y ya soñaban con un futuro de complejos comerciales y de ocio, de naves convertidas en pisos al estilo Docklands, gente con dinero dispuesta a vivir allí, creación de empleos, hogares y todo un nuevo estilo de vida.

—¿No hay nada en compensación? —preguntó Siobhan.

Rebus pensó un instante.

—El Starbank's es un bar que no está mal —contestó. Ella se le quedó mirando—. Tienes toda la razón —admitió—. Está más cerca de Newhaven que de Granton.

La empresa se llamaba Seismic. Había tres largas hileras de búnqueres de cemento de menor tamaño que un garaje normal.

—Se llaman Seismic porque resisten a los terremotos —dijo el dueño, Gerry Reagan.

—No creo que por aquí sean muy de temer los terremotos —replicó Rebus.

Reagan sonrió. Les guió a lo largo de una de las hileras mientras el cielo se nublaba y un viento fuerte comenzaba a soplar desde el estuario.

—El castillo de Edimburgo está edificado sobre un volcán —replicó el hombre—.¿No recuerdan aquellos temblores de tierra en Portobello?

—¿No fueron causados por perforaciones mineras? —dijo Siobhan.

—Lo que usted diga —replicó Reagan con ojos chispeantes coronados por pobladas cejas grises. Llevaba gafas de montura metálica y una cadena en el cuello—. Lo cierto es que mis clientes saben que aquí sus cosas estarán seguras hasta el día del juicio final.

—¿Qué clase de clientela tiene usted? —preguntó Siobhan.

—Muy variada: ancianos que se han mudado a pisos donde no les caben los muebles de antes o gente que viene a vivir aquí o que se marcha al sur, y que a veces venden la casa antes de que les terminen el piso nuevo. Tengo también un par de coches de coleccionistas.

—¿Y caben ahí? —preguntó Rebus.

—Muy justos —admitió Reagan—. A uno tuvimos que quitarle el parachoques. Aquí es.

Blair Martine les había entregado una carta de autorización que Reagan sostenía en la mano junto con la llave de la puerta basculante.

—Número trece —dijo comprobando la cifra y deteniéndose para abrir el candado y levantar la puerta.

Tal como les había dicho el abogado, los efectos de Hastings habían estado guardados antes en otro almacén, pero hicieron obras allí y Martine tuvo que buscar otro guardamuebles. «Les juro que su desaparición me dio muchos quebraderos de cabeza», y así era cómo las cosas de Hastings habían ido a parar a Seismic en Granton tres años atrás; Martine les dijo que no podía garantizar que todo estuviera intacto. Añadió que él no conocía mucho a Hastings, a quien sólo había visto en alguna cena o en fiestas, y que con Alasdair Grieve no había tenido trato.