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—En el ayuntamiento habrá alguien que sepa decirnos algo —aventuró Siobhan y Rebus asintió con la cabeza—. No pareces muy convencido —añadió ella, que lo sugería pensando en que quizá alguien podría indicarles dónde habían ido a parar las pertenencias y los muebles de Hastings.
—Es mi carácter —dijo Rebus aspirando el humo, y con él, una mezcla de polvillo de escayola y de las vidas de otras personas.
Fueron a las dependencias municipales de High Street, donde un funcionario les facilitó finalmente el nombre de un abogado afincado en Stockbridge. Por el camino se detuvieron en el antiguo domicilio de Hastings, pero los nuevos propietarios no sabían nada de él. Ellos habían comprado el piso a un anticuario que creían recordar se lo había comprado a un futbolista. El año de 1979 era agua pasada y los pisos de la Ciudad Nueva cambiaban de dueño cada tres o cuatro años. Los compradores eran jóvenes profesionales con ánimo de especular, pero que cuando tenían niños, veían que la falta de ascensor era un problema o bien echaban de menos un jardincillo, y los vendían para mudarse a una vivienda mayor.
El abogado también era joven y no sabía nada de Frederick Hastings, pero llamó por teléfono a un socio suyo mayor que estaba en una reunión fuera del despacho y acordaron una cita con él. Rebus y Siobhan sopesaron volver o no a la comisaría y ella sugirió dar un paseo por Dean Valley, pero Rebus, al recordar que era la zona en que vivía Linford, dio la excusa de no sentirse con fuerzas para semejante ejercicio.
—Supongo que querrás ir a un pub —dijo ella. —Hay uno estupendo en la esquina de Saint Stephen Street.
Al final fueron a un café en Reaburn Place. Siobhan pidió un té y Rebus un descafeinado. Una camarera les recordó amablemente que en aquel establecimiento no se podía fumar y Rebus se guardó la cajetilla con un suspiro.
—Antes la vida no era tan complicada —comentó.
Ella asintió con la cabeza.
—Antes se vivía en cuevas y tenías que matar para comer...
—Y las niñas buenas iban a escuelas para señoritas, mientras que ahora son todas licenciadas en sarcasmo.
—Dijo la sartén al cazo —replicó ella.
Llegaron las consumiciones y Siobhan comprobó si tenía mensajes en el móvil.
—Bueno —dijo Rebus—, haré yo la pregunta.
—¿Qué pregunta?
—¿Qué piensas hacer a propósito de Linford?
—¿De quién?
—Haces bien —replicó Rebus dando un sorbo de café.
Siobhan se sirvió y alzó la taza con las dos manos.
—¿Hablaste con él? —preguntó y Rebus asintió despacio—. Eso pensé, porque te vieron salir tras él.
—Dijo una mentira de mí a Watson.
—Lo sé. El jefe lo mencionó.
—¿Tú qué le dijiste?
—La verdad —contestó ella.
Siguieron un rato en silencio dando sorbos a sus respectivas tazas y dejándolas en el platillo como si sus movimientos estuvieran sincronizados. Rebus volvió a hacer un gesto afirmativo con la cabeza aunque no sabía realmente por qué y fue Siobhan la que rompió el silencio.