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—Intento resolver un caso.
—¿Y de paso acostarse con Clarke?
Rebus se puso en pie de un salto. Sus caras quedaron a pocos centímetros una de otra y se miraron en silencio como si a la menor palabra fuera a saltar la chispa. El teléfono de Watson comenzó a sonar, descolgó y se llevó el receptor al oído.
—Diga —contestó.
Rebus estaba tan cerca que oyó a Gill Templer decir:
—Conferencia de prensa, señor. ¿Quiere ver mis apuntes?
—Tráigamelos, Gill.
Rebus se apartó de la mesa. Oyó a Watson a su espalda:
—¿Eso era todo, inspector?
—Creo que sí, señor —respondió él dominándose para no cerrar de un portazo.
Fue directamente a hablar con Linford, pero no estaba en su mesa. Le dijeron que Siobhan había ido a los lavabos acompañada de una agente de uniforme para ayudarla a calmarse. ¿Estaría en la cantina? No. El del mostrador de recepción le dijo que acaba de salir de la comisaría hacía cinco minutos. Rebus consultó el reloj, no era aún hora de abrir al público. El BMW de Linford tampoco estaba en el aparcamiento. Se detuvo en la acera, sacó el móvil y le llamó.
—Diga.
—¿Dónde demonios estás?
—Aquí, en el coche, en el aparcamiento de las cocheras de trenes.
Rebus se volvió y miró al fondo del callejón de Saint Leonard, donde estaba la cochera.
—¿Qué haces ahí?
—Estoy pensando.
—A ver si te sale humo —dijo Rebus echando a andar por el callejón.
—Vaya, gracias por llamarme al móvil para insultarme.
—De nada, a mandar —dijo entrando en el aparcamiento.
Allí estaba el BMW, aparcado en un sitio reservado a minusválidos cerca de la entrada. Rebus desconectó el móvil, abrió la puerta del pasajero y subió.
—Qué inesperado placer —dijo Linford guardando el móvil y apoyando las manos en el volante sin quitar la vista del parabrisas.
—Me gustan las sorpresas —dijo Rebus—, como, por ejemplo, que el jefe me diga que estoy acosando a la sargento Clarke.
—¿Y no es cierto?
—Sabes de sobra que no.
—Parece que rondas mucho por su piso.
—Sí, claro, tú como acechas por la ventana del descansillo...
—Bueno, escucha, cuando me plantó me puse algo... No suele sucederme.
—¿Que te den la patada? Me cuesta creerlo.
—Piensa lo que quieras —replicó Linford con una sonrisa desmayada.
—Le has mentido a Watson.
Linford se volvió hacia él.
—Tú en mi lugar habrías hecho igual. ¡Me jugaba nada menos que mi carrera!
—Haberlo pensado antes.
—Ahora es fácil decirlo —replicó Linford pausadamente mordiéndose el labio inferior—. ¿Qué te parece si le pido disculpas a Siobhan? Digo que me pasé un poco... y que no volverá a suceder..., etcétera.
—Será mejor que lo hagas por escrito.
—¿Por si no sé expresarlo bien?
Rebus negó con la cabeza.
—No, porque cuesta disculparse cuando te agarran el cuello con una mano y los huevos con la otra.
—Hostia, tío, creí que me estallaba una vena.
Rebus mantuvo la cara de palo.
—Podías haberte defendido.
—Sí, hombre, qué bien, con otros tres tíos mirando. Rebus se volvió hacia él.