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—Tú eres muy precavido, ¿verdad? Calculas cada paso que das.
—Observar a Siobhan no fue algo calculado.
—No, supongo que no.
Pero a pesar de su afirmación, Rebus no estaba totalmente convencido.
Linford se volvió hacia el asiento de atrás y cogió unos papeles: el rebujo que tenía en la mano durante la escena en la comisaría.
—¿Podemos hablar un minuto de trabajo?
—Tal vez.
—Sé que has estado dándome esquinazo, dirigiendo tú las cosas y dejándome al margen. Bien, es cosa tuya. Pero en los interrogatorios que yo he hecho puede haber una pepita de oro... —dijo entregando a Rebus el montón de páginas de notas minuciosas.
Había estado en Holyrood Tavern, Jennie Ha's... y no sólo los pubs, casas y tiendas de los alrededores de Queensberry House, había preguntado hasta en el palacio de Holyrood.
—Has trabajado mucho —admitió Rebus con un gruñido.
—He hecho el puerta a puerta; un recurso muy manido pero que a veces da resultado.
—Bien, ¿y esa pepita de oro? ¿O voy a tener que leerme todo este tocho y quedar impresionado por la cantidad de piedras y pedruscos del camino?
—La he reservado para el final —dijo Linford sonriente.
Se refería a las últimas páginas, que estaban grapadas. Eran dos interrogatorios a la misma persona, realizados el mismo día; uno en charla informal en la Holyrood Tavern y el otro en Saint Leonard en presencia de Hi–Ho Silvers.
El interrogado se llamaba Bob Cowan, con domicilio en Royal Park Terrace y era catedrático de historia social y económica en la universidad. Una vez a la semana se reunía con un amigo que vivía en Grassmarket en la Holyrood Tavern que estaba a mitad de camino del domicilio de ambos. A Cowan le agradaba al volver a casa atravesar el parque de Holyrood y pasar por el estanque de Saint Margaret, con su colonia de cisnes.
«Aquella noche —la noche en que Roddy Grieve encontró la muerte— había casi luna llena y salí de la Holyrood Tavern hacia las doce menos cuarto. La mayoría de las veces no encuentro a nadie durante el paseo. En aquella zona sólo hay algunas mansiones; supongo que habrá gente a quien le inquiete caminar por el lugar. Me refiero a que se cuentan toda clase de historias. Pero yo, en los tres años que hace que doy ese paseo, nunca he tenido percances. Bien, puede que lo que voy a decirle no tenga relevancia; personalmente reflexioné al respecto unos días después del asesinato y me dije que no la tenía. He visto las fotos del señor Grieve y, a mi entender, ninguno de los dos hombres que yo vi se parecían a él. Claro que puedo equivocarme, pues, aunque hacía una noche muy clara y había muchas estrellas, sólo vi bien a uno de aquellos dos hombres. Estaban frente a Queensberry House, delante de la verja de entrada. A mí me dio la impresión de que esperaban a alguien. Es lo que me llamó la atención. Quiero decir que a esa hora, ¿qué iban a hacer allí en medio de tantas obras y edificios en construcción? Es un lugar raro para una cita. Recuerdo que por el camino fui imaginando las alternativas posibles: que esperaran a un tercero que estaba orinando por allí, que aguardaran un encuentro sexual o que fueran a robar en una obra...»