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—¿Por qué no se lo dijo antes?
—Porque no quería inquietarla. Además, pensé que mi inesperada irrupción le habría disuadido, pero es evidente —añadió Rebus encogiéndose de hombros— que no impongo tanto como yo creía.
Watson se recostó en el sillón.
—¿Y qué cree que dice Linford?
—Me apuesto algo a que habrá alegado que todo es una mentira urdida por el inspector Rebus, que Siobhan está en un error, que yo me inventé la historia y que ella se la creyó.
—¿Y con qué objeto habría hecho tal cosa?
—Para marginarle y trabajar yo en el caso a mi manera.
Watson miró el lápiz que tenía en las manos.
—Pues no es lo que dice él.
—¿Qué es lo que dice?
—Que usted quiere a Siobhan en exclusiva.
Rebus hizo un gesto de desprecio.
—Eso es una fantasía de él, no mía.
—¿No?
—En absoluto.
—Mire, esto no puedo dejarlo así, ¿sabe? Y menos habiendo sido Carswell testigo.
—Sí, señor.
—¿Qué cree que debo hacer?
—Yo en su lugar, señor, enviaría a Linford a Fettes a que siga en su puesto de niño bonito y de burócrata, apartado del auténtico ajetreo del oficio policial.
—No es lo que desea el señor Linford.
Rebus no pudo contenerse.
—¿Qué es lo que quiere, quedarse aquí? —Watson asintió con la cabeza—. ¿Por qué?
—El dice que no les guarda rencor, que es todo consecuencia del «acaloramiento» propio del caso.
—No lo entiendo.
—Yo tampoco, sinceramente —dijo Watson levantándose y yendo a la máquina de café; cogió deliberadamente un solo vaso y Rebus intentó no demostrar su alivio—. Yo en su caso habría aprovechado para librarme de ustedes. Pero el inspector Linford —añadió con una pausa mientras se sentaba— obtiene lo que desea.
—La cosa va a ponerse fea.
—¿Por qué?
—¿No ha visto usted últimamente el DIC? Estamos como sardinas en lata, y si ya es difícil tenerles a Siobhan y a él separados en circunstancias normales, ahora que los casos que investigamos tal vez estén relacionados...
—Eso me ha dicho la sargento Clarke.
—A mí me comentó que pensaba usted cerrar la investigación del mendigo millonario.
—No era realmente una investigación. Me impulsaba la curiosidad normal por esas cuatrocientas mil libras. Para serle franco, no creo que saque nada en limpio.
—Es una buena policía, señor.
Watson asintió con la cabeza.
—A pesar de la discriminación positiva —dijo.
—Escuche —replicó Rebus— yo sé lo que sucede. Usted está a punto de jubilarse y prefiere que sea otro el que se haga cargo del marrón.
—Rebus, no piense que...
—Linford es subordinado de Carswell y usted no piensa tomar cartas en el asunto. Pero quedamos los demás.
—Cuidado con lo que dice.
—No he dicho nada que usted no sepa.
Watson se puso en pie y apoyó los nudillos en la mesa inclinándose hacia Rebus.
—¿Y qué me dice de usted... que crea un grupo policial a su antojo, con reuniones en el bar Oxford y dándose aires de que es usted quien manda en esta comisaría?