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—Tú, quédate aquí —dijo.
—Podría haber ido yo a averiguar, pero...
—Vuelvo enseguida.
Siobhan permaneció quieta junto a la ventana cruzada de brazos, oyó la puerta de abajo y vio a Rebus cruzar la calle. Había llegado casi sin aliento. ¿Es que no estaba en forma o había subido a todo correr? Tal vez inquieto por ella... Ahora se preguntaba por qué le había llamado. Tenía Gayfield Square a cinco minutos de casa y cualquiera de la comisaría habría podido acercarse. O podría haber mirado ella misma. No es que le diera miedo, pero una cosa así... era inquietante... pero si la compartes con otro, la inquietud se desvanece. Vio a Rebus abrir el portal de enfrente sin dudarlo un instante y después volvió a verle pasar por el descansillo del primer piso y llegar al segundo y allí se acercó a la ventana, saludándola a través del cristal para darle a entender que no había nadie. Subió un piso más para comprobar si había alguien escondido y bajó.
Cuando entró resoplaba aún más fuerte.
—Sí, lo sé —dijo dejándose caer en el sofá—, tendría que ir a un gimnasio —añadió sacando el tabaco del bolsillo, pero recordó que ella no le dejaría fumar en su casa. Siobhan volvió de la cocina con una copa.
—Es lo menos que puedo ofrecerte —dijo sirviéndole un vino.
—Salud —dijo él dando un buen sorbo y respirando profundamente—. ¿Es tu primera botella esta noche? —añadió en broma.
—No son visiones —dijo ella arrodillándose junto a la mesita y dando vueltas con las manos al vaso.
—Cuando se vive solo... No me refiero a ti, a mí también me sucede.
—¿El qué? ¿Que te imaginas cosas? —replicó ella—. ¿Cómo lo sabías? —añadió con un leve rubor en las mejillas.
—¿Cómo sabía, qué? —preguntó él mirándola.
—Dime que no eras tú quien me espiaba.
Él se quedó boquiabierto sin saber qué replicar.
—He visto que abrías la puerta sin dudar —añadió ella— ni comprobar si estaba cerrada o no. Luego sabías que estaba abierta. A continuación te detuviste en el segundo piso.
¿Para recobrar aliento? —prosiguió abriendo interrogante los ojos—. Era allí desde donde me observaban, desde ese descansillo.
Rebus bajó la vista hacia la copa.
—El mirón no era yo —dijo.
—Pero tú sabes quién es —dijo ella con una pausa—. ¿Es Derek? —el silencio de Rebus fue más que elocuente. Ella se puso en pie y comenzó a pasear por el cuarto—. Cuando le eche la vista encima...
—Escucha, Siobhan...
—¿Cómo lo sabías? —dijo ella volviéndose hacia él.
Rebus tuvo que explicárselo y cuando terminó, Siobhan cogió el teléfono y marcó el número de Linford. Cuando descolgaron al otro lado de la línea ella colgó. Ahora la que respiraba aguadamente era ella.
—¿Puedo preguntarte una cosa? —dijo Rebus.
—¿Qué?
—¿Has marcado el prefijo 141?—ella le miró sorprendida—. Es imprescindible si no quieres que aparezca tu número cuando llamas.
Aún se estremecía cuando sonó el teléfono.
—No contesto —dijo.
—Puede que no sea Derek.