Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

Queso tostado; algunos fines de semana, cuando su padre vivía y él iba a Fife a verle, el viejo estaba sentado a la mesa, comiendo siempre lo mismo, y acompañando cada bocado con un té pasado. Cuando él era niño comía con sus padres en la cocina, en la vieja mesa plegable, pero en los últimos años el padre había sacado la mesa al cuarto de estar para comer junto al calentador y la televisión; con el calor de dos resistencias a la espalda. Tenían también una estufa de gas; siempre empañaba las ventanas, que en invierno se helaban por la noche y había que rascarlas por la mañana o pasarles la manopla de la cocina cuando apagaban la calefacción.

Su padre lanzaba un gruñido, Rebus se sentaba en el sillón que había sido de su madre y decía que ya había comido; no tenía intención de acompañar al viejo en aquella mesa puesta para uno solo. Su madre siempre ponía mantel; el padre, no. Los mismos platos y cubiertos, sí, pero con una gran diferencia.

«Ahora yo ni siquiera uso mesa», pensó.

El fantasma de sus padres no le visitaba nunca. Quizá descansaran en paz a diferencia de los demás. Aquella noche no había fantasmas; sólo el resplandor de la tele, el alumbrado de la calle y los faros de los coches que pasaban. El mundo se configuraba más bien a base de luces y sombras que de colores. La sombra más tenebrosa era la de Cafferty. ¿Qué pretendería? ¿Cuándo daría el paso, el verdadero, el último paso de lo que tramaba?

Dios, necesitaba un trago. Pero no se lo iba a tomar todavía para ponerse a prueba. Siobhan tenía razón, había cometido un grave error con Lorna Grieve. Además, no pensaba que fuera exclusivamente por culpa del alcohol —había claudicado ante el embrujo del pasado, un pasado de portadas de discos y fotos de revista—; pero el alcohol había tenido parte de culpa. Siobhan le había preguntado que cuánto tardaría la bebida en afectar a su trabajo. Podría haber contestado que ya lo había hecho.

Cogió el teléfono y se planteó llamar a Sammy, pero miró el reloj inclinándolo hacia la luz de la ventana y vio que era muy tarde, más de las diez. No eran horas. Cuando se acordaba de llamarla era siempre tarde y, al final, era su hija quien lo hacía obligándole a disculparse, puesto que ella insistía en que llamase a la hora que fuese. Sí, pero de todos modos... se dijo que era muy tarde. Habría alguien en la habitación contigua y a lo mejor se despertaba, aparte de que Sammy necesitaba dormir porque el programa terapéutico era muy estricto y requería muchos análisis y ejercicios de rehabilitación. Ella le decía que «la cosa iba»; era su modo de expresar que el progreso era lento.

Progreso lento. Lo sabía. En cualquier caso, ahora ya hacía movimientos. Tuvo la sensación de que era él quien estaba en el asiento del conductor, pero con los ojos vendados, siguiendo instrucciones de alguien desde dentro de un coche. Probablemente había muchos indicadores de ceda el paso y de dirección prohibida en la carretera, pero él se las pintaba solo para pasar de todo. El problema era que en el coche no había cinturón de seguridad y su instinto le impulsaba a ir cada vez más deprisa.