Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

Nunca habléis con desconocidos. Sí, era el consejo que él mismo les habría dado. Era su vecino pero al mismo tiempo un desconocido. La gente se quedó sorprendida mirándole allí parado con la bolsa de panecillos, el periódico y la leche, mientras los dos críos se apartaban de él andando hacia atrás y él les decía: «¡Yo vivo enfrente! ¡Tenéis que haberme visto!».

No le habían visto, claro que no. Sus mentes estaban en otras cosas, inmersas en un mundo distinto al suyo. Puede que a partir de aquel momento le llamaran «el vecino raro», el hombre que vivía solo.

¿Vender el mundo? Él no podía venderse ni a sí mismo.

Así era Edimburgo. Reservada, autosuficiente, una ciudad en la que no hablas ni con el vecino. En la escalera de su casa, de seis viviendas sólo tres eran de propiedad, las otras estaban alquiladas a estudiantes, y hasta que no llegó un aviso reglamentario para el arreglo del tejado él no se enteró del nombre de sus verdaderos dueños. Dueños ausentes. Uno de ellos vivía en Hong Kong o un sitio por el estilo y, al faltar su firma, el presupuesto tuvo que hacerlo el Ayuntamiento, salió diez veces más caro que el original, y se pasó el trabajo a una empresa favorecida por el consistorio.

No hacía mucho que otro que residía en Dalry había muerto a manos de un asesino a sueldo pagado por un inquilino por haberse negado a dar conformidad a un presupuesto de reparación. Así era Edimburgo: reservada, autosuficiente y mortal si le plantabas cara.

Ahora sonaba Changes [Cambios], de Bowie. Black Sabbath tenía una canción con el mismo título, una especie de balada y Ozzy Osbourne cantaba I´m goingthrough changes [Experimento cambios]. «Igual que yo, colega» sintió ganas de decir Rebus.

En la cocina dio la vuelta a las tostadas de la parrilla y puso las lonchas de queso. Encendió el hervidor.

Cambios, igual que él con la bebida. Él, que podía citar de memoria cien pubs de Edimburgo, estaba en casa sin cerveza y con una media botella de whisky encima de la nevera. Se tomaría un vaso antes de acostarse, tal vez con agua. Luego cogería un libro y se taparía con el edredón. Tenía que leer esas historias de Edimburgo, pero había dejado los Diarios de Walter Scott. En Edimburgo había muchos pubs con nombres inspirados en las obras de Scott; seguramente más de los que él creía, a tenor de las pocas novelas que había leído de aquel autor.

Por el humo del horno se dio cuenta de que se quemaban las tostadas. Puso las dos en un plato y se lo llevó al cuarto de estar. Tenía puesta la tele sin sonido y el sillón junto a la ventana con el móvil y el mando a distancia cerca en el suelo. Algunas noches le visitaban fantasmas que se instalaban en el sofá o se sentaban en el suelo. No llegaban a ocupar todo el cuarto, pero eran más de los que a él le habría gustado. Malhechores, colegas muertos. Y ahora Cafferty volvía a entrar en su vida, como un resucitado. Masticó mirando al techo, preguntando a Dios qué había hecho para merecer aquello. Le gustaba un cierto sarcasmo, Dios, aunque fuese un sarcasmo cruel.