Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

—No acaba de convencerme de que sea una buena idea —comentó Siobhan.

—Mira —replicó él—, ya te he dicho...

—John, ¿cómo has podido implicarte...?

Él la sujetó por el hombro y le dio la vuelta para que le mirara a la cara.

—¡No me he implicado en nada!

—¿No te has acostado con ella? —replicó Clarke procurando moderar el tono.

—¿Y qué más da si lo he hecho?

—Estamos investigando un caso de homicidio y vamos a interrogarla.

—Ah, no me digas.

—Me haces daño en el hombro —dijo ella mirándole.

Él la soltó musitando una disculpa.

Llamaron al timbre y aguardaron.

—¿Qué tal el fin de semana? —preguntó Rebus y ella le fulminó con la mirada—. Escucha —añadió— si vamos a entrar enfurruñados no vamos a sacar nada en limpio.

Ella pareció considerarlo y finalmente dijo:

—Volvió a ganar el Hibs. ¿Tú qué hiciste?

—Estuve en la oficina pero no hice gran cosa.

Fue Alicia Grieve quien les abrió. A Rebus le pareció más vieja que la última vez, como si ya hubiera vivido demasiado y fuese consciente de ello. Una de las jugadas más crueles de la edad es su modo de burlarse de las personas. Pierdes a un ser querido y el tiempo parece ir entonces más rápido, de modo que te marchitas y a veces mueres. No era la primera vez que veía un caso semejante: hombres o mujeres sanos que mueren durante el sueño días o semanas después del entierro del cónyuge, como si se pulsara un botón, de forma voluntaria o involuntaria. A saber.

—Señora Grieve —dijo—. ¿Me recuerda? Soy el inspector Rebus.

—Sí, claro —replicó la anciana con voz aflautada y seca—. ¿Y ésta quién es?

—La agente Clarke —dijo Siobhan a guisa de presentación.

Sonreía como lo hacen los jóvenes con los viejos: con distante simpatía. Rebus se percató por aquel detalle de que era más afín por la edad a Alicia Grieve que a Siobhan, pero trató de apartar ese pensamiento de su mente.

—¿Podemos enterrar ya a Roddy? ¿Han venido por eso?

—dijo en tono resignado, dispuesta a aceptar sus explicaciones. Era el papel a que había quedado relegada en la vida.

—Lo siento, señora Grieve, tendrán que esperar un poquito más —contestó Rebus.

La anciana repitió burlona la última frase y añadió:

—El tiempo es elástico ¿no le parece?

—Venimos para hablar con la señora Cordover —terció con firmeza Siobhan dispuesta a no permitir que se fuera por las ramas.

—A Lorna —añadió Rebus.

—¿Está aquí? —preguntó Alicia Grieve.

—Claro que estoy aquí, madre —se oyó decir en el interior—. Hace dos minutos estábamos hablando.

La anciana se hizo a un lado. Lorna Grieve les miraba desde la puerta de una de las habitaciones con una caja de cartón en las manos.

—Hola, de nuevo —dijo a Rebus como si Siobhan no existiera.

—¿Podríamos hablar un momento? —dijo Rebus casi sin mirarla para fruición de ella que, risueña, asintió y señaló con la cabeza la habitación de la que acababa de salir.