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—¿Afirma que su tío sí lo es? —preguntó Wylie. Hutton la miró con gesto despectivo.
—No venga con disimulos. Es sabido lo que la policía piensa de mi tío. Pero son simples rumores sin fundamento porque no hay pruebas, ¿no es cierto? Ni siquiera ha tenido nunca que ir a juicio. Lo que en mi opinión significa que están en un error. Significa que yo me he ganado a pulso lo que tengo, pagando los impuestos, el IVA y todo lo demás. Yo estoy limpio como el que más. Y si piensan que pueden entrar aquí a...
—Creo que está claro, señor Hutton —le interrumpió Hood—. Disculpe si le ha parecido que insinuábamos algo. Estamos investigando un homicidio y tenemos que considerar cualquier detalle por insignificante que parezca.
Hutton se le quedó mirando como queriendo interpretar la última palabra.
—¿Cuándo dejó la empresa del señor Coghill? —preguntó Wylie.
Hutton reflexionó un instante.
—En abril o mayo, más o menos.
—¿Del setenta y nueve? —Hutton asintió—. ¿Y cuándo entró?
—En octubre del setenta y ocho.
—¿Unos seis meses? No duró mucho.
—Me hicieron una oferta mejor.
—¿Y cuál fue, señor? —preguntó Hood.
—¡No tengo nada que ocultar! —exclamó Hutton.
—Nos hacemos cargo, señor Hutton —dijo Wylie en tono conciliador.
—Fui a trabajar para mi tío —Hutton se calmó rápidamente.
—¿Para Bryce Callan? —Hutton asintió con la cabeza.
—¿En qué? —inquirió Hood.
Hutton hizo una pausa mientras apuraba la botella.
—En una promoción inmobiliaria.
—Eso sería su gran oportunidad, ¿no? —preguntó Wylie.
—Sí, ahí empecé. Pero en cuanto pude me establecí por mi cuenta.
—Sí, claro, naturalmente —dijo Hood con un tono que daba a entender: «He trabajado para tener lo que tengo»; pero me han echado una mano tan grande como un campo de fútbol.
Antes de marcharse, Wylie le hizo una pregunta más: —En este momento debe de estar usted muy satisfecho, ¿no?
—Proyectos no nos faltan.
—¿Obras alrededor de Holyrood? —preguntó.
—El Parlamento no es más que el principio. Planeamos centros comerciales en las afueras y promociones en la costa. Es asombroso lo subdesarrollado que está Edimburgo. Y no sólo Edimburgo. Tengo proyectos en marcha en Glasgow, Aberdeen, Dundee...
—¿Y hay suficientes clientes? —preguntó Hood.
Hutton se echó a reír.
—Hacen cola, amigo. Lo único fastidioso es el papeleo.
—Para los permisos de obra —añadió Wylie asintiendo con un gesto.
Hutton hizo una cruz con los dedos índices.
—La maldición del promotor —dijo.
Pero lo remató con una carcajada final mientras cerraba la puerta del despacho tras ellos.
24
—Una advertencia —dijo Rebus cuando iban por el paseo de la casa—, la madre está algo delicada.
—Entendido —dijo Siobhan Clarke—. ¿Tú harás gala de tu habitual encanto?
—Es con Lorna Grieve con quien hemos de hablar —replicó él, señalando con la cabeza el Fiat Punto aparcado a la derecha de la puerta—. Ahí está su coche.
Había llamado a High Manor y cogió el teléfono Hugh Cordover, por lo que Rebus prestó gran atención por si captaba en su tono de voz algo nuevo o un tono acusatorio, pero Cordover se limitó a decirle que Lorna estaba en Edimburgo.