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Pero aquel lunes Ellen Wylie y Grant Hood cometieron el error de dejar el coche demasiado pronto en un aparcamiento de Morrison Street que Hood juzgó ideal por la proximidad a la zona. Pero lo anodino de los edificios y la circunstancia de que las aceras estaban cortadas por obras, hizo que acabaran perdiéndose a espaldas del Sheraton en Lothian Road. Wylie sacó finalmente el móvil y, gracias a la recepcionista, pudo orientarse para llegar a una construcción de doce plantas de piedra rosada y cristal ahumado. La recepcionista sonrió al verlos al fin.
—Ah, ya están aquí —comentó colgando el teléfono.
—Ya estamos aquí —dijo Wylie picada.
Los obreros daban los últimos retoques a la Torre Hutton. Había electricistas en mono azul y cinturón de trabajo con herramientas, pintores con el mono blanco manchado de gris y amarillo, silbando, con sus latas de pintura en el suelo, mientras llegaba el ascensor.
—Quedará bonito cuando esté acabado —comentó Hood a la recepcionista.
—El señor Graham les espera en el último piso —dijo ésta.
Tomaron el ascensor con un ejecutivo de traje gris que llevaba un montón de papeles entre los brazos como si fuera un pulpo; se bajó tres pisos antes que ellos y estuvo a punto de tropezar con un listillo que había colocado una escalera para alcanzar unos cables del techo. Cuando en el duodécimo piso se abrieron las puertas se vieron en una apacible zona de recepción donde una elegante mujer se alzó de detrás de una mesa para recibirles y guiarlos durante dos metros escasos hasta dos sillones junto a una mesita de centro con los periódicos del día.
—El señor Graham les recibirá enseguida. ¿Quieren café o té?
—A quien queríamos ver es al señor Hutton —dijo Wylie sin que a la mujer se le borrara la sonrisa.
—Con el señor Graham estarán sólo un momento —dijo la mujer volviendo a su mesa.
—Mira qué bien —comentó Hood cogiendo un periódico—, esta mañana no he recibido el Financial Times.
Wylie miró a un lado y a otro los dos largos tramos de pasillo que se perdían en sus extremos, y pensó que debía de dar la vuelta al perímetro del edificio de forma idéntica en todos los pisos. Tenía a ambos lados puertas que seguramente eran de habitaciones con vista al exterior o a otros espacios interiores. Las oficinas con ventanas serían muy codiciadas. Tal como ella trabajaba ahora en Saint Leonard, en un cajón sin ventanas, codiciaba cualquier despacho por pequeño que fuese.
Por la esquina más alejada del pasillo apareció un hombre alto, bien formado y joven. Tenía el cabello moreno corto bien cuidado y engominado y llevaba un traje gris oscuro de hechura perfecta. Lucía gafas ovaladas y un Rolex. Dijo llamarse John Graham y tendió la mano para saludar. Wylie observó sus gemelos de oro en los puños de la camisa amarillo pálido; un modelo sin cuello de los que no permiten llevar corbata. No era la primera vez que veía a un hombre con aura de triunfador, pero para mirar a éste casi hacían falta unas RayBan.