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—Ya le persuadiremos para que no lo haga —prometió Rebus—. Bueno, bebed, que yo pago la próxima ronda.
Mientras Rebus se dirigía a la barra Siobhan salió a la calle a llamar a casa por si tenía mensajes en el contestador. Había dos de Derek Linford disculpándose y pidiendo una cita.
—Anda que no has tardado... —musitó ella.
Le dejaba su número de teléfono, pero Siobhan casi no prestó atención.
Solos en la mesa Wylie y Hood bebieron un rato en silencio hasta que Wylie lo rompió.
—¿A ti qué te parece?
—El inspector tiene fama de meterse en líos —contestó Hood negando con la cabeza—. ¿Nos interesa hacer lo que dice?
—Con toda sinceridad, no lo veo claro. ¿Qué tiene que ver nuestro caso, o incluso el Siobhan, con el asesinato del diputado?
—¿En qué estás pensando?
—Pues en que trata de apropiarse de nuestros casos porque el suyo está en vía muerta.
Hood negó con la cabeza.
—Ya te he dicho que no es su estilo.
Wylie reflexionó un instante.
—Ahora bien, si está en lo cierto el caso es mucho más importante de lo que pensamos —dijo con una sonrisita—. Y si se equivoca, a nosotros no nos van a echar la bronca, ¿no?
Rebus volvió con las bebidas. Ginebra con soda y lima para Wylie y una jarra grande de cerveza para Hood, y fue otra vez a la barra a por un whisky para él y Coca–cola para Siobhan.
—Slainte! —dijo cuando ésta se sentó a su lado en el estrecho banco.
—¿Cuál es el plan? —preguntó Wylie.
—No tengo que decíroslo —dijo Rebus—. Actuar conforme al reglamento.
—¿Hablamos con Barry Hutton? —aventuró Hood.
Rebus asintió con la cabeza.
—Quizá investigando previamente por si hay algo sobre él que interesa saber.
—¿Y el mendigo? —preguntó Siobhan.
—Bueno, se me acaba de ocurrir una idea... —dijo Rebus volviéndose hacia ella.
Una cabeza se asomó al recodo como para ver quién había en las mesas y Rebus advirtió que era Gordon, uno de los clientes habituales. Venía sin cambiarse, seguramente recién salido de la oficina. Al ver a Rebus estuvo a punto de darse la vuelta pero cambió de idea y se acercó a la mesa con las manos en los bolsillos del abrigo. Rebus advirtió de inmediato que ya iba cargado.
—Cabronazo —dijo Gordon—, la otra noche te largaste con Lorna, ¿eh? —estaba a punto de gastarle alguna broma para ponerle en evidencia delante de sus amigos—. La supermodelo de los sesenta al único que podía ligarse era a ti —añadió negando con la cabeza sin percatarse de cómo le miraba Rebus.
—Se agradece, Gordon —comentó en un tono que puso en guardia al joven, que le miró llevándose una mano a la boca.
—Ah, perdona —musitó el joven volviendo sobre sus pasos camino de la barra.
Rebus miró a sus contertulios, que estaban todos con los ojos fijos en sus respectivas consumiciones.
—Tenéis que perdonarle —comentó—. Gordon a veces interpreta mal las cosas.
—Se refería a Lorna Grieve, ¿verdad? —dijo Siobhan—. ¿Viene mucho por aquí?