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—Muy amable por su parte, señora Grieve.
Ella hizo caso omiso del tono irónico de Rebus.
—Bien, si no tiene más preguntas...
Rebus colgó sin añadir palabra.
En el despacho contiguo encontró a Siobhan. Tenía el receptor sujeto entre la mejilla y el hombro y anotaba algo.
—Gracias —decía—. Muy agradecida. Nos vemos, pues; iré con un colega mío —añadió mirando a Rebus—, si no tiene inconveniente —hizo una pausa escuchando—. Muy bien, señor Sithing. Adiós.
El receptor cayó directamente del hombro a su alojamiento en el aparato.
—Bonito truco —comentó Rebus.
—Lo mío me ha costado perfeccionarlo. Dime que es la hora de almorzar.
—Y te invito yo —Siobhan cogió la chaqueta del respaldo de la silla y se la puso—. ¿Vamos a ir a ver a Sithing? —preguntó.
—Esta tarde si te viene bien —él asintió con la cabeza—. Está en esa iglesia y ha dicho que nos veremos allí.
—¿Ha sido muy rastrero?
Siobhan sonrió al pensar cómo ella le había sacado casi a rastras a la calle.
—Bastante, pero le he puesto una buena zanahoria en las narices —dijo ella.
—¿Las cuatrocientas mil libras?
Ella asintió con la cabeza.
—Bueno, ¿adónde me invitas?
—Pues, hay un sitio precioso de Fife...
—O un bocadillo en la cantina —añadió ella sonriendo.
—La elección es dura, pero la vida es así.
—Fife está muy lejos. Tal vez otro día.
—Lo dejamos para otro día —dijo Rebus.
Se sentaron a la mesa en la cocina de la señora Coghill. El primer plato fue la sopa del termo, pero de segundo la señora Coghill había hecho macarrones con queso. Estuvieron a punto de rehusarlos cortésmente hasta que los sacó burbujeantes del horno con su gratinado crujiente de pan rallado.
—Bueno, tal vez unos cuantos.
La anciana les sirvió y los dejó a solas pretextando que ella ya había comido.
—Últimamente no tengo mucho apetito, pero ustedes que son jóvenes... Espero que no dejen nada —añadió señalando la fuente con la cabeza.
Grant Hood inclinó la silla hacia atrás recostándose y se estiró. Había repetido dos veces, pero aún quedaba bastante.
—Vamos, acábalo tú —dijo.
—No puedo más —contestó ella—. Y te digo una cosa, no sé si podré ponerme en pie, así que será mejor que hagas tú el café.
—Vaya indirecta —comentó él echando agua en el hervidor.
El cielo que se veía por la ventana había oscurecido y tenían encendida la luz de la cocina. El viento arrastraba hojas y paquetes de patatas fritas.
—Qué día más repugnante —comentó Hood.
Wylie no le escuchaba. Había abierto un archivador negro que había encontrado antes de comer en el que estaban las transacciones entre el seis de abril de 1978 y el cinco de abril de 1979. El año fiscal de Dean Coghill. Sacó la mitad de los documentos y los desplegó sobre la mesa. Hood fregó los platos y volvió a poner la cazuela en el horno antes de sentarse aguardando a que hirviera el agua; cogió el primer papel.