Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

—Sí, gracias —respondió Rebus sin hacer ademán de levantarse.

—Bien, adiós, entonces, inspector. Y buena suerte.

—Adiós, señor Grieve. Ande con cuidado.

Cammo Grieve se detuvo un instante antes de tirar escalera abajo y Rebus continuó donde estaba, escuchando sierras y martillos.

De vuelta a Saint Leonard hizo un par de llamadas. Sentado a su mesa con el receptor pegado a la oreja examinó los mensajes que le habían dejado. Linford había optado por comunicarse con él mediante notas; en la última decía que estaba interrogando a personas que habían pasado a pie por Holyrood la noche del crimen. Hi–Ho Silvers, con su tesón, había localizado cuatro bares en donde Roddy Grieve estuvo bebiendo solo aquella misma noche. Dos de ellos estaban en el sector oeste, otro en Lawnmarket y el último era precisamente la Holyrood Tavern. Adjuntaba una lista con clientes habituales, hombres y mujeres, a quienes estaba sondeando. Una pérdida de tiempo casi segura, pensó Rebus. Pero él tampoco hacía maravillas siguiendo sus corazonadas.

—¿Es la secretaria del señor Grieve? —inquirió, y a continuación le preguntó sobre los anónimos.

Le dio la impresión por la voz de una joven de veintitantos años o poco más de treinta, y por la manera de explicárselo se imaginó la fiel secretaria. No parecía tener una versión preparada de antemano y él no encontró motivo para pensar lo contrario.

Salvo por una corazonada.

A continuación habló con Seona Grieve, a quien localizó en el móvil y le pareció nerviosa. Fue ella misma quien se lo corroboró.

—Es por el poco tiempo que tenemos para organizar bien la campaña —alegó—. En mi colegio están que trinan porque habían imaginado que no eran más que unos días de permiso por el duelo y ahora les digo que a lo mejor no vuelvo.

—Si sale elegida.

—Sí, claro, con esa pequeña salvedad.

Había mencionado la palabra duelo pero no parecía muy compungida. No tenía tiempo. Quizá fuese lo mejor, olvidar el asesinato. Linford se había preguntado si Seona Grieve tenía un móvil: matar a su marido para ocupar su puesto como vía rápida al Parlamento. Rebus no acababa de verlo claro.

La verdad era que en ese momento no veía nada claro.

—Inspector, no será una simple llamada de cortesía...

—No, perdone, es que quería preguntarle si su esposo recibió alguna carta anónima.

Se hizo un silencio.

—No, que yo sepa.

—¿Le contó a usted que su hermano sí las recibía?

—¡No me diga! No, Roddy nunca me confió nada. ¿Se lo dijo a él Cammo?

—Eso parece.

—Bien, pues es la primera noticia. ¿No cree que, de lo contrario, yo se lo habría dicho?

—Tal vez.

—Si no tiene usted nada más, inspector... —dijo, con tono irritado por la supuesta insinuación.

—No, eso es todo, señora Grieve. Disculpe por la molestia —añadió él en tono neutro sin sentirlo.

Ella lo captó.

—Escuche, le agradezco lo que hace y las molestias que se toma —replicó ella con estilo político melifluo y poco sincero—, así que, naturalmente, llámeme cuando se le ocurra cualquier cosa en que yo pueda serle útil.