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Estaban en lo alto de la tribuna pública. Grieve quitó el polvo de uno de los bancos para sentarse, arreglando el abrigo a su alrededor. Abajo, en el centro del hemiciclo, había dos individuos examinando unos planos y señalando con el dedo diversos puntos de las obras.
—¿Será un prodigio? —dijo Grieve.
Habían desplegado el plano en un banco de trabajo sujetándolo por sus extremos con dos tazas de café.
—¿Ese olor? —preguntó Rebus sentándose al lado del diputado.
Grieve aspiró el aire.
—Serrín.
—Lo que unos tiran para otros es nuevo. Huele a eso.
—¿Lo que a mí me parece un prodigio a usted le parece una renovación? —dijo Grieve mirándole con aprecio. Rebus se limitó a encogerse de hombros—. Entiendo. A veces es muy fácil encontrar un sentido en las cosas.
Había unos rollos de cable eléctrico y Grieve apoyó los pies en uno de ellos a modo de escabel, se quitó el casco y lo dejó en el banco para atusarse el pelo.
—Podemos empezar cuando usted quiera —dijo Rebus.
—Empezar, ¿qué?
—Algo tendrá que decirme.
—¿Usted cree? ¿Por qué está tan seguro?
—Sería decepcionante que me hubiera traído aquí para servirle de cicerone.
—Bueno, sí, hay una cosa; pero no sé si es relevante... —empezó Grieve mirando las claraboyas del techo—. Es que recibí unas cartas; pero como los diputados recibimos correspondencia de todo tipo de chalados, no les di importancia, aunque se lo confié a Roddy. Probablemente como orientación de lo que se le venía encima, pues en caso de ser diputado también pasaría por esa experiencia.
—¿Él no había recibido ninguna?
—No llegó a decirme que hubiera recibido ninguna, pero sí que noté, no sé... Me dio la impresión cuando se lo conté de que ya tenía noticias de ellas.
—¿Qué decían las cartas?
—¿Las que yo recibí? Que iba a morir por ser un hijo de puta conservador, y en algunas me adjuntaban cuchillas de afeitar por si me animaba a suicidarme.
—Eran anónimas, claro...
—Por supuesto, y con matasellos de diversos lugares. Se ve que el remitente viaja bastante.
—¿Qué dijo la policía?
—No informé a la policía.
—¿Quién más sabía de su existencia, aparte de su hermano?
—Mi secretaria, porque abre mi correspondencia.
—¿Las conserva?
—No, las tiré a la papelera en el acto. El caso es que he llamado a mi despacho y no se ha vuelto a recibir ninguna desde el día en que murió Roddy.
—¿Por respeto al duelo?
Cammo Grieve hizo un gesto escéptico.
—Yo pensaría más bien que ese cabrón se regodea.
—Ya entiendo —dijo Rebus—. Piensa usted que si al autor o autora de los anónimos le anima algún rencor por su familia, optó tal vez por asesinar a su hermano al no poder llegar hasta usted.
—¿Sería necesariamente él?
—No, claro que no —replicó Rebus—. Si le llegan más cartas, me lo comunica. Y no las tire.
—Entendido —dijo Grieve levantándose—. Esta tarde regreso a Londres. Si desea algo, tiene el teléfono de mi despacho.