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—No sé mucho de esto —añadió él haciendo una pausa y sirviéndose un té—, pero me parece que la documentación de la empresa de Coghill está muy desorganizada a juzgar por lo que veo.
—Tuvo problemas con el IVA —comentó Hood.
—También con los trabajadores temporales que contrataba.
—Lo cual complica la búsqueda —añadió Hood acercándose y agradeciéndole la taza de té con una inclinación de cabeza.
Llamaron a la puerta y entró alguien.
—¿Queda café? —preguntó Rebus señalando el termo.
—Media taza —respondió Wylie.
Rebus miró las tazas vacías y cogió la más limpia para que Wylie le sirviera.
—¿Cómo va la búsqueda? —preguntó Rebus.
—Aparte del viento, ¿no? —dijo Hood tras cerrar la puerta con gesto elocuente.
—El frío es saludable —replicó Rebus arrimándose a diez centímetros del calentador.
—No avanzamos mucho —dijo Wylie—. El mayor problema de Coghill es que lo hacía todo él.
—Si hubiese tenido un buen jefe de personal...
—Ahora sabríamos dónde buscar —añadió Wylie.
—A lo mejor eliminó papeles —comentó Rebus—. ¿Hasta qué fecha habéis encontrado papeles?
—El problema es que no tiraba nada, señor; guardaba todos los papelitos —dijo Wylie tendiéndole una carta con membrete de Constructora Coghill.
Rebus la cogió y vio que era un presupuesto de 1969 para la construcción en Joppa de un garaje individual, detallado en libras, chelines y peniques.
—Es que hay que localizar un año entre treinta —añadió Wylie apurando el té y enroscando el vasito en el termo— que es como buscar una aguja en un pajar.
Rebus apuró el café.
—Bueno, no os interrumpo más... —dijo consultando el reloj.
—Si no tiene mucho que hacer, señor, no nos vendrían mal dos manos más.
Rebus miró a Wylie y comprendió que lo decía en serio.
—Tengo otra cita —dijo—. He pasado por aquí para ver cómo iba la búsqueda.
—Muy agradecidos —añadió Hood casi en el mismo tono que su compañera, y volvieron a ponerse manos a la obra en cuanto salió Rebus.
Wylie oyó el motor del coche y tiró los papeles que tenía en la mano.
—Es increíble. Llega tranquilamente, se toma el poco té que hay y se larga tan fresco. Si hubiésemos encontrado alguna cosa, se la habría llevado a la comisaría para recibir los laureles.
—¿Tú crees? —dijo Hood mirando a la puerta.
—¿Tú, no? —replicó ella mirándole.
—Él no es así —contestó Hood encogiéndose de hombros.
—¿A qué ha venido, si no?
—Porque no puede evitarlo —dijo Hood sin dejar de mirar la puerta.
—Es decir, que no se fía de nosotros.
Hood negó con la cabeza y cogió otro archivador.
—Mil novecientos setenta y uno —dijo—. El año en que nací.
—Espero que no le importe que le haya citado aquí —dijo Cammo Grieve abriéndose paso entre unos andamios que había en el suelo para montar o para retirarlos.
—No pasa nada —contestó Rebus.
—Es que buscaba un pretexto para echar un vistazo a esto.
«Esto» era la sede provisional del Parlamento de Escocia en el edificio de la sala capitular de la cumbre del Mound. Trabajaban a buen ritmo y eran ya visibles, entre las vigas de madera del techo, los soportes metálicos para las luces; sobre el primitivo suelo crecía un hemiciclo escalonado estilo anfiteatro. Aún no había sillas ni escritorios, pero en el patio esperaba la estatua de John Knox sin desembalar «para que no se deteriorara», decían, aunque hubo quien comentó que era por no ver su gesto de disgusto por la remodelación en la sede suprema de la Iglesia de Escocia.