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No, mejor marcharse.
De pronto oyó ruido y vio que alguien salía de una casa frente a la de Siobhan. Iba por la acera, casi a la carrera pero entonces giró a la izquierda y se metió en un callejón, donde se detuvo. Rebus vio un chorro de orina que mojaba la pared y el vaho que desprendía. Se quedó quieto, sentado en la oscuridad, observando. ¿Sería alguien que salía y no había podido aguantarse? ¿Alguien que tenía estropeado el váter...? El hombre se subió la cremallera y regresó corriendo sobre sus pasos. Rebus pudo verle la cara un instante bajo la luz de una farola antes de que entrara de nuevo en el portal de aquella casa.
Siguió fumando y comenzó a fruncir el entrecejo.
Apagó el cigarrillo en el cenicero y sacó las llaves de contacto. Abrió la puerta sin hacer ruido y no la cerró. Cruzaba la calle prácticamente de puntillas, con las luces apagadas, para evitar la luz de las farolas, cuando pasó un taxi a toda velocidad y tuvo que arrimarse a la barrera protectora de delante de la casa. Llegó al portal y vio que no estaba cerrado con llave como el de Siobhan. Era un edificio menos cuidado y la escalera necesitaba una buena mano de pintura. Había un leve aroma a orina de gato. Cerró despacio la puerta. Otro taxi disimuló el ruido. Se acercó a la escalera y escuchó. Se oía un televisor en algún piso, o quizá fuese una radio. Miró los peldaños de piedra y comprendió que inevitablemente haría ruido al subir. La suela de sus zapatos sonaría como una lija. ¿Se los quitaba? Ni hablar. Además, no creía que el elemento sorpresa fuese estrictamente necesario. Comenzó a subir.
Cuando llegó al rellano del primer piso y empezó a subir al segundo, oyó pasos que bajaban. Era un hombre con el cuello de la gabardina subido y con las manos en los bolsillos a quien casi no se le veía la cara. Al pasar a su lado lanzó una especie de gruñido sin mirarle.
—Hola, Derek.
Derek Linford bajó dos peldaños más como si no lo hubiera oído, pero enseguida se paró en seco y se volvió hacia él.
—Creí que vivías en Dean Village —añadió Rebus.
—Vengo de casa de un amigo.
—¿Ah, sí? ¿Qué amigo?
—Christie, en el piso de arriba —respondió Linford sin dudarlo.
—¿Christie, qué? —replicó Rebus con una sonrisa burlona.
—¿Qué pretendes? —dijo Linford subiendo un peldaño sin compensar la desventaja al tener a Rebus en un plano más alto— ¿Qué haces aquí?
—¿Acaso ese Christie tiene el váter estropeado o qué?
Linford comprendió la situación pero no atinó a responder.
—No te esfuerces —dijo Rebus—. Los dos sabemos lo que sucede: eres un mirón.
—Mentira.
Rebus chasqueó la lengua.
—La próxima vez dilo con más convicción no sea que te encuentres con una denuncia —dijo.
—¿Y tú, qué? —replicó Linford con desdén—. Has echado un polvete rápido, ¿no? Ya he visto que no has estado mucho rato.