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—¿Tenía mucho interés en hablar contigo?
—Una vez y basta.
—Cruje la madera y salen los monstruos, ¿no es eso?
—Tengo la impresión de que citas alguna canción.
—No es una canción, es un clásico. Bueno, ¿quién es este Sithing?
—El jefe de un grupo de chiflados que se denominan a sí mismos Caballeros de Rosslyn.
—¿El Templo de Rosslyn?
—Eso mismo. Dice que Supertramp era un acólito.
—No parece verosímil.
—No, aunque creo que sí se conocían. Lo que no veo claro es que Mackie le dejara el dinero al señor Sithing.
—¿Quiénes son los Caballeros de Rosslyn?
—Unos que creen que hay algo enterrado bajo el suelo de la iglesia y que cuando llegue el nuevo siglo se revelará y ellos serán los primeros en saberlo.
—Yo estuve allí el otro día.
—No sabía yo de tu interés por Rosslyn.
—No es eso. Es que Lorna Grieve vive en los alrededores —dijo Rebus, que había fijado su atención en el periódico que Mackie llevaba en la bolsa—. ¿Estaba doblado así? —inquirió.
El periódico estaba mugriento como si lo hubiesen sacado de la basura. Lo habían abierto y doblado por una página interior.
—Creo que sí–contestó ella—. Sí, ya estaba así de arrugado.
—No, Siobhan, arrugado no. Mira el artículo por el que está abierto.
Ella miró y vio que era la noticia sobre «el cadáver de la chimenea». Le arrebató el diario y lo desplegó.
—Podría ser por otro cualquiera de éstos.
—¿Cuál? ¿Ese de la congestión de tráfico o el del médico que receta Viagra?
—Sin dejarte el anuncio sobre la Nochevieja en Count Kerry —dijo ella mordiéndose el labio inferior y pasando hojas hasta la primera página en la que aparecía la noticia del asesinato de Roddy Grieve.
—¿Ves tú algo que a mí se me escapa? —preguntó pensando en las palabras del jefe: «Anda buscando algo que seguramente no existe».
—A mí me parece que a Supertramp le interesaba lo de Mojama. Deberías interrogar a los que lo conocieron.
Rachel Drew del albergue, Dezzi, la que calentaba la hamburguesa en el secador de los servicios, y Gerald Sithing. No era una perspectiva muy halagüeña.
—Tenemos en Queensberry House un cadáver de finales del setenta y ocho o de principios del setenta y nueve —dijo Rebus—. Un año más tarde nace Supertramp —añadió alzando un dedo de la mano derecha—. Y, de pronto, Supertramp decide suicidarse al leer en el periódico que ha aparecido un cadáver en una chimenea —alzó un dedo de la mano izquierda y lo juntó con el otro.
—Ten cuidado, que eso es una grosería en algunos países —comentó ella.
—¿No encuentras cierta relación? —parecía decepcionado.
—Siento jugar a Sully contigo, Mulder, pero ¿no será que ves conexiones en este caso porque en el tuyo no vislumbras ninguna solución?
—Lo que en otras palabras significa: «No metas la nariz en mis asuntos, Rebus».
—No, es que yo... —dijo ella frotándose la frente—. Yo sólo sé una cosa.
—¿Cuál?
—Que no he comido nada desde el desayuno —respondió mirándole—. ¿Sigue en pie esa invitación?