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—Sí, señor... —le había contestado ella.
—Buenas a todos.
Rebus estaba en la puerta.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —preguntó ella mirando el reloj.
—¿Cuánto tiempo hace que miras a la pared? Siobhan advirtió de pronto que estaba en el centro de la sala mirando las fotos del lugar del crimen del caso Grieve.
—Soñaba. ¿Qué haces aquí?
—Lo mismo que tú, trabajar —respondió él entrando en el DIC y apoyándose en una mesa con los brazos cruzados. «Lleva demasiado tiempo con John Rebus.»
—¿Cómo va el caso Grieve? —preguntó ella.
Rebus se encogió de hombros.
—¿No tendrías que preguntar primero qué tal está Derek?
Ella se volvió un poco, levemente ruborizada.
—Perdona —dijo él—. Ha sido de mal gusto, incluso viniendo de mí.
—No congeniamos —añadió ella.
—A mí me sucede igual.
—¿Es Derek el problema o eres tú? —preguntó ella volviéndose hacia él.
Rebus puso cara de pena, hizo un guiño y fue al fondo de la sala por entre las filas de mesas.
—¿Todo esto son las pertenencias del mendigo? —preguntó.
Ella le siguió hacia el escritorio. Olía a whisky.
—Le llaman Supertramp.
—¿Quién?
—Los de la prensa.
Rebus sonrió y ella le preguntó por qué.
—Yo fui una vez a un concierto de Supertramp en el Usher Hall, creo.
—Eso fue antes de mis tiempos —dijo ella.
—Bueno, ¿qué pasa con ese Supertramp?
—Se trata de alguien que tenía una fortuna, pero que no podía gastarla o no quería hacerlo, y cambió de identidad. Mi hipótesis es que huía de algo.
—Tal vez —comentó Rebus revolviendo entre los objetos de la mesa.
Siobhan cruzó los brazos y le miró enojada, pero él no lo advirtió. Abrió la bolsita de pan y sacó la maquinilla de afeitar, un trozo de jaboncillo y un cepillo de dientes.
—Era un hombre organizado —comentó—. Se agenció un neceser para su higiene personal.
—Es como si representara un papel —añadió ella.
Rebus alzó la vista al notar el tono que había empleado.
—¿Qué sucede? —preguntó.
—Nada —replicó ella, pensando: «Es mi caso, mi mesa».
Rebus cogió la fotografía hecha en comisaría.
—¿Por qué le detuvieron?
Ella se lo explicó y él se echó a reír.
—La pista se remonta sólo hasta mil novecientos ochenta, fecha de nacimiento de «Chris Mackie».
—Habla con Hood y Wylie, que están comprobando las personas desaparecidas en el setenta y ocho y el setenta y nueve.
—Sí, a lo mejor.
—Pareces cansada. ¿Qué tal si te invito a cenar?
—¿Para hablar de trabajo? Pues vaya cambio...
—Yo tengo un repertorio de temas de conversación muy variado.
—Dime tres.
—Los bares, el rock «progre» y...
—No te esfuerces.
—La historia de Escocia. Últimamente he estado leyendo.
—No me digas. Además, los bares donde tú vas a charlar, no es un tema de tu conversación.
—Te hablaré sobre ellos.
—Estás obsesionado.
—¿Quién es este señor Sithing? —preguntó Rebus, que hojeaba los mensajes.
Ella puso los ojos en blanco.
—Se llama Gerald y se presentó esta mañana. No será el único ni el último.