Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

Wylie y Hood cruzaron una mirada.

—Otro trabajito para el equipo de arqueólogos —comentó ella.

Hood asintió con la cabeza y miró a su alrededor.

—Señora Coghill, ¿hay calefacción en el garaje?

—Les traeré una estufa eléctrica.

—Dígame dónde la tiene y yo la cogeré —dijo Hood.

—¿A que ahora sí que quieren esa taza de té? —añadió la anciana, que parecía encantada de tener compañía.

Siobhan Clarke miraba en su despacho los efectos personales de la bolsa del mendigo «Supertramp», esparcidos ante ella en la mesa; la cartilla de la caja de ahorros, la cartera (entregada no sin protestas por su último dueño) y las fotos. Tenía también un montón de cartas de chiflados y mensajes telefónicos, tres de ellos de Gerald Sithing.

Era un periódico sensacionalista el que había acuñado el nombre de Supertramp. En un artículo también sacaron a relucir el escándalo en la escalinata de la iglesia y una foto de Dezzi. Siobhan sabía que los buitres andarían buscando a la mendiga para hacerle una entrevista a cambio de alguna cantidad sustanciosa, y cabía la posibilidad de que ella les hablase de la cartera. No le ofrecerían un cheque, pues dudaba mucho que Dezzi tuviera cuenta bancaria, pero harían periodismo «en metálico». Y si localizaban también a Rachel Drew, ella no le haría ascos a un buen cheque. Más carnaza para los lectores y los cazafortunas.

Mientras el caso fuese noticia no dejarían de lloverle cartas.

Se levantó y estiró la espalda hasta sentir crujir las vértebras. Eran más de las seis y no quedaba nadie en el DIC. Habían tenido que cambiar las mesas, por dar prioridad al caso Grieve, y la suya había quedado al fondo, en un rincón de la habitación larga y estrecha, lejos de las ventanas. Claro que Hood y Wylie estaban peor, sin luz natural y en una caja de zapatos. Aquella misma tarde, el comisario le había dicho de un modo terminante que le daba unos días más para investigar, pero que si no descubría la identidad de Supertramp darían carpetazo al caso. El dinero sería para Hacienda y el misterio de Mackie pasaría a la historia.

—Tenemos trabajo importante —le había dicho su jefe, que parecía estar al borde del infarto—, y los mendigos se suicidan todos los días.

—Pero no en circunstancias extrañas, señor —osó ella replicar.

—El dinero no es ninguna circunstancia extraña, Siobhan. Es simplemente un misterio, pero la vida está llena de misterios.

—Sí, señor.

—Lleva demasiado tiempo con John Rebus.

—¿Qué quiere decir? —preguntó ella frunciendo el entrecejo.

—Quiero decir que está buscando algo que seguramente no existe.

—El dinero existe. Lo llevó él mismo en metálico a una caja de ahorros y luego estuvo viviendo sin blanca.

—Un rico excéntrico. El dinero hace que la gente haga cosas raras.

—Borró su pasado, como si ocultara algo.

—¿Cree que es dinero robado? ¿Y por qué no lo gastó?

—Ese es otro interrogante, señor.

Su jefe suspiró y se rascó la nariz.

—Tiene unos días más, Siobhan. ¿De acuerdo?