Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

—¿Tú crees que hay alguna diferencia? —replicó él.

Wylie sonrió, aparcó junto al bordillo y echó el freno de mano; Hood entreabrió la puerta y miró hacia abajo.

—Vale —dijo—, desde aquí al bordillo puedo ir andando.

Wylie le dio un codazo. «Hematoma seguro», pensó él.

La señora Coghill era una mujer bajita y dinámica de setenta y tantos años. No sabían si iba a salir o esperaba visitas porque la encontraron impecablemente vestida y arreglada. Al hacerles pasar al cuarto de estar oyeron ruido en la cocina.

—Es la asistenta —dijo ella, y Hood estuvo a punto de preguntarle si se arreglaba para recibir a la asistenta, pero pensó que estaba de más.

—¿Quieren tomar una taza de té u otra cosa?

—No, gracias, señora Coghill —dijo Ellen Wylie sentándose en el sofá.

Hood permaneció de pie y la anciana se arrellanó en un sillón tan grande como para tres. Hood miró unas fotos enmarcadas de la pared.

—¿Es éste el señor Coghill? —preguntó.

—Ese es Dean. Todavía le echo de menos.

Hood pensó que el sillón que ocupaba la viuda debía de ser el de su difunto esposo. En las fotos se veía a un hombre robusto, de brazos y cuello fuertes, con la espalda recta, que sacaba pecho y escondía la barriga. A juzgar por su rostro tuvo que ser buena persona siempre que no le buscaran las pulgas. Su pelo, corto, era plateado, y lucía un collar y una pulsera en la muñeca izquierda y un grueso Rolex en la derecha.

—¿Cuándo murió? —preguntó Wylie en el tono que acostumbraba utilizar en aquellas circunstancias.

—Pronto hará diez años.

—¿De enfermedad?

—El ya padecía del corazón, estuvo hospitalizado y le vieron especialistas, pero Dean era incapaz de parar, ¿saben? Su trabajo antes que nada.

—Para algunas personas es difícil parar —comentó Wylie asintiendo despacio con la cabeza.

—¿Tenía algún socio, señora Coghill? —preguntó Hood, que se había sentado en el brazo del sofá.

—No —dijo la anciana haciendo una pausa—. Dean tenía sus miras en Alexander.

Hood volvió la cabeza hacia las fotos: el matrimonio con un chico y una chica en diversas etapas, desde la adolescencia hasta los veinte años aproximadamente.

—¿Su hijo? —preguntó.

—Pero Alex tenía otros proyectos. Está casado, en Estados Unidos. Trabaja de vendedor de coches, automóviles, como les dicen allí.

—Señora Coghill —dijo Wylie—, ¿conocía su marido a un tal Bryce Callan?

—¿Es ése el motivo de su visita?

—¿Así que le conoce?

—Era un gánster o algo así, ¿no?

—Desde luego, eso decían.

La anciana se levantó y fue a toquetear unos cachivaches de la repisa de la chimenea: gatitos de porcelana jugando con madejas y pelotas y spaniels de orejas gachas.

—¿Hay algo que quiera decirnos, señora Coghill? —preguntó pausadamente Hood mirando a Wylie.

—Ya ha pasado mucho tiempo, ¿no es cierto? —respondió la anciana con voz trémula sin volverse hacia ellos. Wylie pensó si no tomaría calmantes para los nervios.

—No se lo calle, señora Coghill —dijo ella.

La viuda siguió ocupada con las figuritas mientras hablaba.