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La última candidata de la lista, Sara Bone, era asistenta social en un barrio del sur de Edimburgo. La localizó en un centro de día de la tercera edad y se sentaron a hablar en el invernadero en medio de plantas marchitas por dejadez, como comentó Linford.
—Todo lo contrario —replicó ella—. Es por exceso de cuidados porque todos se sienten obligados a regarlas y tan malo es mucha agua como poca.
Era una mujer pequeña de cara maternal encuadrada por un peinado juvenil con mechas.
—Ha sido horrible —comentó cuando él mencionó el asesinato de Roddy Grieve—. Este mundo va de mal en peor.
—¿Puede poner remedio un diputado al Parlamento?
—Eso espero —respondió ella.
—Sólo que ahora no tendrá usted ninguna oportunidad.
—Para consuelo de mis ancianos —dijo ella señalando con la cabeza al interior del local—. Todos ellos se quejaban de que iban a echarme de menos.
—Es halagador ser imprescindible —comentó Linford, pensando que con aquella mujer perdía el tiempo.
Llamó a Rebus y se encontraron en Cramond. Los árboles frondosos del suburbio, ahora desnudos, le daban un aspecto desolado. Hablaban en la acera junto al BMW de Linford, quien acababa de informar a Rebus de sus indagaciones.
—¿Y tú? —dijo Linford—. ¿Qué tal te fue en Saint Andrew?
—Bien. Di un paseo por la playa.
—¿Y qué?
—¿Qué de qué?
—¿Hablaste con Billie Collins?
—A eso fui.
—¿Y qué?
—No arrojó mucha luz sobre el asunto.
Linford le miró.
—No piensas decirme nada, ¿verdad? Aunque ella se hubiera confesado culpable yo sería el último en saberlo.
—Es mi modo de trabajar.
—¿Guardarte las cosas para ti? —replicó Linford alzando la voz.
—Estás muy alterado, Derek. ¿No follas últimamente?
—¡Jódete! —contestó Linford enrojeciendo.
—Vamos, vamos, puedes superar eso.
—Pero no quiero. No te lo mereces.
—Eso sí es una respuesta.
Rebus encendió un cigarrillo y comenzó a fumar en un silencio nada cordial. Seguía viendo Saint Andrew tal como era hacía ya casi medio siglo, consciente de que representaba una especie de prodigio sin saber exactamente cuál. No encontraba palabras para expresarlo; era como si lo perdido y lo perdurable se hubieran mezclado formando una nueva entidad mixta en la que cada una participase de la otra.
—¿Vamos a hablar con ella?
Rebus suspiró, dio una calada y al ver que el humo iba a parar al rostro de Linford, pensó que tenía el viento a su favor.
—Pues, sí —dijo—, ya que estamos aquí.
—Da gusto ver tu entusiasmo. Seguro que a nuestros respectivos jefes les encantará.
—Vaya, a mí siempre me ha preocupado lo que piensan los jefes —replicó Rebus mirándole—. ¿Es que no te das cuenta de que yo soy lo mejor que podía haberte pasado? —Linford soltó una carcajada—. A ver, si no. Caso resuelto: tú te llevas los laureles. Caso no resuelto: me echas a mí la culpa. De una manera u otra no habrá discordancias entre tu jefe y el mío porque eres su niño bonito —añadió tirando el cigarrillo—. Cada vez que me niegue a compartir información contigo anótalo, así tendrás argumentos; y cada vez que te cabree o me salga por la tangente lo apuntas también.