Contents ( 3)
Derek Linford había hecho carrera no a pesar de sus orígenes sino precisamente por ellos, ascendiendo en la jerarquía para fastidiar a su padre y hacerle saber a su madre que era él quien tenía razón. El viejo, no tan viejo a sus cincuenta y ocho años, seguía viviendo en una casa pareada, de protección oficial. Linford pasaba a veces en coche por delante de ella, aminorando la marcha sin importarle que le viera. A veces un vecino le saludaba con la mano al reconocerle. ¿Se lo contaría a su padre? «Vi a Derek el otro día por aquí. ¿Así que seguís viéndoos...?» Se preguntaba cuál sería la reacción de su padre; un gruñido, seguramente, y vuelta a enfrascarse en las páginas de deportes y en sus crucigramas rápidos. Cuando él era estudiante su padre se dedicaba a preguntarle vocablos para rellenar el crucigrama y él se estrujaba el cerebro, pero cualquier respuesta que le daba siempre estaba mal. Tardó tiempo en darse cuenta de que el viejo se inventaba las palabras y que siempre que él sugería alguna le replicaba: «No burro, eso no es», y le daba como solución una palabra que no existía en el diccionario.
Aquél no era el hospital donde había muerto su madre. En su último momento, con la respiración ya débil, la mujer le cogió la mano, diciéndole con la mirada que no le importaba dejar este mundo. Estaba gastada como una máquina a punto de estropearse del todo, a ella le habían faltado cuidados. El viejo estaba a los pies de la cama con un ramo de claveles del jardín de un vecino y unos libros que había sacado de la biblioteca; unos libros que ella ya no podría leer nunca.
No era de extrañar que detestara los hospitales. Sin embargo al ingresar en el Cuerpo había pasado muchas horas en hospitales aguardando las curas de víctimas y agresores para hacer el atestado. Sabía lo que era la sangre y los vendajes, había visto caras tumefactas, miembros retorcidos; había asistido a la sutura de una oreja y un día contempló un hueso grisáceo que salía de una pierna destrozada. Accidentados de tráfico, víctimas de atracos, mujeres violadas.
No era de extrañar.
Al fin dio con la sala de espera para familiares. Un lugar recogido para los parientes que «aguardan noticias de sus seres queridos», como había señalado la recepcionista. Pero nada más abrir la puerta le asaltó el ruido sordo y entrecortado de una máquina expendedora, le envolvió una nube de humo de tabaco y le deslumbró el resplandor de un televisor. Había dos mujeres de mediana edad fumando como descosidas que le miraron un instante para volver a fijar su atención en el programa de la tele.
—¿La señora Ure?
—Usted no es el médico —dijo una de ellas, aunque se volvieron a mirarle las dos.
—No —respondió a la que había hablado—. ¿Es usted la señora Ure? —preguntó.
—Lo somos las dos. Yo soy su cuñada.
—¿Quién es la señora Archie Ure?