muchos años después admitió que no había solicitado prueba alguna. Pero en aquel momento se mantuvo
firme; me dijo que lo dejara estar y se disculpó por haberme hecho creer que eras mío.
Me centro en mi puño. Flexiono, relajo. Flexiono, relajo…
—Al cabo de un año empezamos a hablar otra vez… —añade, pero algo en su tono me indica que
hay algo más.
—Quieres decir que empezasteis a follar otra vez.
Y otro largo suspiro escapa de su boca.
—Sí… Cada vez que estábamos juntos cometíamos el mismo error. Ken trabajaba mucho, estudiaba
para su máster y ella estaba en casa contigo. Te parecías muchísimo a mí. Siempre que llegaba tenías la
cara enterrada entre las páginas de algún libro. No sé si te acordarás, pero yo siempre te llevaba libros. Te
regalé mi copia de El gran Gats…
—Basta. —Me estremece la adoración que detecto en su voz, al tiempo que recuerdos distorsionados
nublan mi mente.
—Seguimos dejándolo y volviendo durante años, y pensábamos que nadie lo sabía. Fue culpa mía:
era incapaz de dejar de amarla. Hiciera lo que hiciese, no me la quitaba de la cabeza. Me trasladé cerca de
donde ella vivía, concretamente a la casa de enfrente. Tu padre lo sabía; no sé cómo, pero al final era
evidente que así era. —Tras una pausa y después de entrar en otra calle, Vance añade—: Fue entonces
cuando comenzó a beber.
Me incorporo y golpeo el salpicadero con las manos abiertas. Él ni siquiera se inmuta.
—¿De modo que me dejaste con un padre alcohólico que sólo era alcohólico por culpa vuestra? —Mi
voz cargada de furia inunda el coche, pero apenas puedo respirar.
—Intenté convencerla, Hardin. No quiero que la culpes, sólo digo que intenté persuadirla para que los
dos os vinierais a vivir conmigo, pero ella se negó. —Se pasa las manos por el pelo y se tira de las raíces
—. A cada semana que pasaba, bebía más y con más frecuencia. Como ella seguía sin admitir que eras
hijo mío, ni siquiera ante mí, me marché. Tenía que irme.
Deja de hablar y, cuando lo miro, veo que parpadea rápidamente. Acerco la mano a la manija de la
puerta, pero él acelera y pulsa el botón de cierre centralizado varias veces seguidas. El clic-clic-clic parece
resonar por todo el coche.
Entonces empieza a hablar de nuevo con voz apagada:
—Me trasladé a Estados Unidos y no supe nada de tu madre durante años, hasta que Ken la dejó. No
tenía un penique y trabajaba como una mula. Yo ya había empezado a ganar dinero, por supuesto no
tanto como ahora, pero tenía de sobra. Volví aquí y compré una casa para nosotros, para los tres, y cuidé
de ella en su ausencia, pero tu madre empezó a distanciarse de mí. Ken le envió los papeles del divorcio
desde a dondequiera que se hubiese largado, y ella seguía sin querer tener nada permanente conmigo. —
Frunce el ceño—. Después de todo lo que hice, continuaban sin ser suficiente.